jueves, 3 de septiembre de 2009

Historia de la basura

Juan José Millás

Todos los días, mientras desayuno, pasa por delante de mi ventana el camión de la basura. Somos muy puntuales el camión y yo, cada uno a lo suyo. Yo lo contemplo con cierta melancolía, porque pienso en la historia de la basura y así, sin darme cuenta, doy un repaso también a mi existencia. No siempre se han depositado los desperdicios en bolsas de plástico. Cuando yo era pequeño, el cubo se forraba por dentro con papeles de periódico. Pero era un arte hacerlo de tal manera que al volcarlo salieran las inmundicias formando un solo cuerpo. Cada uno lo volcaba donde podía. Cerca de mi casa había un descampado donde yo iba a vaciar el nuestro y a espiar a una huérfana, una trapera, que iba a ver si se nos escapaba entre las porquerías algo de valor. En aquellos tiempos una monda de naranja podía ser un tesoro. Pero como yo estaba enamorado de la huérfana, a veces metía entre las cáscaras una naranja entera, la de mi postre. Mi postre era verla reír.


Luego, un día, llegaron a casa unos señores de uniforme que le hicieron firmar a mi padre unos papeles. En la comida me enteré de que en el futuro se haría cargo de la recogida de basuras un camión del Ayuntamiento. Recuerdo que mi padre elogió mucho aquel avance; según él, el progreso se notaba en cosas así. Nos explicó que en Suecia las Autoridades recogían por la mañana las inmundicias domésticas para incinerarlas por la tarde. A mí me habían contado esa semana en el colegio que en Suecia la gente se suicidaba mucho, porque no era feliz a pesar del nivel de vida, así que decidí que también yo me daría un tiro si el precio del progreso consistía en no volver a ver nunca a mi huérfana.

Desde entonces siempre pensé que era el Ayuntamiento el que se hacía cargo de la recogida de las basuras. Y resulta que no: esta semana me he enterado de que lo hace una empresa privada llamada Fomento de Construcciones y Contratas que, para más señas, es de las hermanas Koplowitz. La verdad es que me he quedado perplejo: no podía imaginar que Alicia y Ester vivieran de la recogida de basuras, igual que la niña aquella de mi infancia. Pensé que los Albertos las habían dejado en mejor situación, o que les pasarían al menos una pensión digna. Y no se han conformado con reducirlas a esa condición: según leo en el periódico, han intentado quitarles también el humilde negocio de las basuras. O sea, que el Ayuntamiento sacó recientemente a subasta la cosa, y ellos presentaron una propuesta para hacerse con el negocio. Afortunadamente, por una vez ha triunfado la justicia y las hermanas Koplowitz se han hecho con el contrato. El trabajo es muy duro, pero eso les permitirá vivir dignamente, sin tener que pedir nada a nadie.

Para mí, en cierto modo, esto ha sido como regresar a la infancia. Ahora, por la mañana, mientras contemplo por la ventana el camión de la basura, me acuerdo de aquella niña huérfana y me hago la fantasía de que ha crecido, convirtiéndose en dos. Esto no es raro: hay mucha gente que se divide cuando crece. Lo raro es volver a vivir con esta intensidad la infancia. El cubo de la basura ha cobrado de nuevo un significado especial. No se me ocurre tirar en él cosas húmedas, qué asco. Y los cartones de leche desnatada los friego con Fairy antes de deshacerme de ellos, igual que los envases de yogur. En fin, procuro que mi basura esté muy limpia para que Alicia y Ester no le hagan ascos. Y de vez en cuando, si ando bien de dinero, meto dentro un regalo, no una naranja, que hoy día una naranja la tiene cualquiera, sino un libro de poemas encuadernado en piel, o un perfume. Detalles. En cuanto a los posos del café, me los como porque oscurecen mucho la basura.

martes, 1 de septiembre de 2009

Con lluvia y tiempo


Ella iba por las calles paseando su desasosiego y un montón de sonrisas cándidas y temblorosas. Beberse los siguientes días era la mejor idea que se le pasaba por la cabeza; pero no quería causarles más pesares a su novio y a su madre. Tal vez podría fumárselos cuando nadie se diera cuenta. Se restregó los ojos y miró el reloj rosado que nunca se sacaba de su muñeca. Se estaba haciendo de noche, parecía que iba a empezar a llover y ella allí, estorbándole a la gente, pensando puras incoherencias. Agustina aceleró el paso y en la siguiente esquina en vez de doblar hacia la derecha lo hizo hacia la izquierda.

Y tomó el bus de la línea 12 que no iba al centro si no al norte y se sentó en él único asiento junto a la ventana que quedaba. Iba distraía, haciéndose creer que nada había pasado, mirando las luces a través del vidrio, hasta que un muchacho con un uniforme de colegio se subió y mientras avanzaba, en un acto de inocencia se fijó en su escaso escote. Ella se sonrojó y volvió a mirar por la ventana. Se maldijo un par de veces porque ya no tenía diecisiete y su timidez y sus zapatos de tacones no le permitían volarle un beso al niño guapo.

Se bajó en la parada del centro comercial en el que estaban las tiendas más caras de la ciudad. Aunque quería, nunca había entrado a ninguna de esas tiendas porque la plata siempre sera para las entradas a conciertos y desde que empezó a salir con Leonardo también era para el futuro. Pero ahora que la habían despedido no tenía ganas de acordarse de esas cosas que en ese momento le parecían estupideces. Así que vació la cuenta de ahorros desde el cajero automático y cerró los ojos cuando tuvo entre sus dedos los billetes. Entró a la tienda soñada y se perdió entre de las perchas.

Salió rápido de éstas. Las blusas, a primera vista, parecían divinas pero estaban todas repetidas y no había ninguna de colores estridentes, todas eran grises y de tonos pasteles. No valía la pena el gasto porque ni siquiera la emoción había durado mucho. Se fue de la tienda desanimada diciéndole gracias a la guapa joven que la había perseguido durante su recorrido. Miró las demás tiendas para encontrar algo en lo que pudiera gastar poco dinero pero con mucho gusto. Un olor a el panquecitos la llamó; ya luego perdió la razón en los colores: amarillo, azul, verde y rojo que pintaban la heladería. Corrió, y sin siquiera pensarlo pidió una copa doble: de chocolate toda.

Se había embarrado hasta la falda, pero a decir verdad poco le importaba. Después de recorrer los tres pisos del mall una y otra vez dejándose deslumbrar por carteras de diseñadores y medias de colores pasó por una tienda de antigüedades y se fijó en sus ojos saltones y en su cabello alborotado. Miro su reloj rosado y este se había parado a las seis y media. Agustina pensó en las horas que había andado buscando juguetes y dulces como una niña chiquita; pero se rió. Antes de irse, pasó por la relojería y le hizo poner pilas nuevas a su reloj; agradeció el trabajo, pero como de costumbre no lo comprobó.

Todavía llovía y las calles estaban casi vacías; se acordó de su enamorado y de su mamá. Revisó el celular y no tenía llamadas perdidas. Se preocupó pero no llamó a ninguno de los dos. Tomó el bus de la línea 78 que la llevaría a casa. Otra vez se sentó en el asiento de la ventana para mirar los cuadros que formaban en los vidrios las gotas y las luces de los carros. Lo disfrutaba: no tuvo que fingir que no pasaba nada.

Cuando llegó su madre estaba despierta viendo Rosalinda, en el canal de las telenovelas. Agustina se acercó a ella para abrazarla y quiso contarle donde se había metido y el lío que hubo en la oficina. Pero su madre le dijo bajito, mientas le acariciaba su despeinada cabeza “no importa” y a los pocos segundos Agustina se quedó dormida.

A la mañana siguiente, casi a las once, a Agustina la despertó el aroma de los patacones y el huevo frito. Mientras desayunaba y le conversaba a su mamá acerca del muchacho que la había mirado en el bus llegó Leonardo con un par de discos viejos: la miró a los ojos e intentando poner cara de serio, le dijo:

- Ahí para que los vuelvas a escuchar, ahora que tienes tiempo.

Agustina se le rió; en seguida miró su reloj y este no estaba corriendo.