jueves, 3 de septiembre de 2009

Historia de la basura

Juan José Millás

Todos los días, mientras desayuno, pasa por delante de mi ventana el camión de la basura. Somos muy puntuales el camión y yo, cada uno a lo suyo. Yo lo contemplo con cierta melancolía, porque pienso en la historia de la basura y así, sin darme cuenta, doy un repaso también a mi existencia. No siempre se han depositado los desperdicios en bolsas de plástico. Cuando yo era pequeño, el cubo se forraba por dentro con papeles de periódico. Pero era un arte hacerlo de tal manera que al volcarlo salieran las inmundicias formando un solo cuerpo. Cada uno lo volcaba donde podía. Cerca de mi casa había un descampado donde yo iba a vaciar el nuestro y a espiar a una huérfana, una trapera, que iba a ver si se nos escapaba entre las porquerías algo de valor. En aquellos tiempos una monda de naranja podía ser un tesoro. Pero como yo estaba enamorado de la huérfana, a veces metía entre las cáscaras una naranja entera, la de mi postre. Mi postre era verla reír.


Luego, un día, llegaron a casa unos señores de uniforme que le hicieron firmar a mi padre unos papeles. En la comida me enteré de que en el futuro se haría cargo de la recogida de basuras un camión del Ayuntamiento. Recuerdo que mi padre elogió mucho aquel avance; según él, el progreso se notaba en cosas así. Nos explicó que en Suecia las Autoridades recogían por la mañana las inmundicias domésticas para incinerarlas por la tarde. A mí me habían contado esa semana en el colegio que en Suecia la gente se suicidaba mucho, porque no era feliz a pesar del nivel de vida, así que decidí que también yo me daría un tiro si el precio del progreso consistía en no volver a ver nunca a mi huérfana.

Desde entonces siempre pensé que era el Ayuntamiento el que se hacía cargo de la recogida de las basuras. Y resulta que no: esta semana me he enterado de que lo hace una empresa privada llamada Fomento de Construcciones y Contratas que, para más señas, es de las hermanas Koplowitz. La verdad es que me he quedado perplejo: no podía imaginar que Alicia y Ester vivieran de la recogida de basuras, igual que la niña aquella de mi infancia. Pensé que los Albertos las habían dejado en mejor situación, o que les pasarían al menos una pensión digna. Y no se han conformado con reducirlas a esa condición: según leo en el periódico, han intentado quitarles también el humilde negocio de las basuras. O sea, que el Ayuntamiento sacó recientemente a subasta la cosa, y ellos presentaron una propuesta para hacerse con el negocio. Afortunadamente, por una vez ha triunfado la justicia y las hermanas Koplowitz se han hecho con el contrato. El trabajo es muy duro, pero eso les permitirá vivir dignamente, sin tener que pedir nada a nadie.

Para mí, en cierto modo, esto ha sido como regresar a la infancia. Ahora, por la mañana, mientras contemplo por la ventana el camión de la basura, me acuerdo de aquella niña huérfana y me hago la fantasía de que ha crecido, convirtiéndose en dos. Esto no es raro: hay mucha gente que se divide cuando crece. Lo raro es volver a vivir con esta intensidad la infancia. El cubo de la basura ha cobrado de nuevo un significado especial. No se me ocurre tirar en él cosas húmedas, qué asco. Y los cartones de leche desnatada los friego con Fairy antes de deshacerme de ellos, igual que los envases de yogur. En fin, procuro que mi basura esté muy limpia para que Alicia y Ester no le hagan ascos. Y de vez en cuando, si ando bien de dinero, meto dentro un regalo, no una naranja, que hoy día una naranja la tiene cualquiera, sino un libro de poemas encuadernado en piel, o un perfume. Detalles. En cuanto a los posos del café, me los como porque oscurecen mucho la basura.

martes, 1 de septiembre de 2009

Con lluvia y tiempo


Ella iba por las calles paseando su desasosiego y un montón de sonrisas cándidas y temblorosas. Beberse los siguientes días era la mejor idea que se le pasaba por la cabeza; pero no quería causarles más pesares a su novio y a su madre. Tal vez podría fumárselos cuando nadie se diera cuenta. Se restregó los ojos y miró el reloj rosado que nunca se sacaba de su muñeca. Se estaba haciendo de noche, parecía que iba a empezar a llover y ella allí, estorbándole a la gente, pensando puras incoherencias. Agustina aceleró el paso y en la siguiente esquina en vez de doblar hacia la derecha lo hizo hacia la izquierda.

Y tomó el bus de la línea 12 que no iba al centro si no al norte y se sentó en él único asiento junto a la ventana que quedaba. Iba distraía, haciéndose creer que nada había pasado, mirando las luces a través del vidrio, hasta que un muchacho con un uniforme de colegio se subió y mientras avanzaba, en un acto de inocencia se fijó en su escaso escote. Ella se sonrojó y volvió a mirar por la ventana. Se maldijo un par de veces porque ya no tenía diecisiete y su timidez y sus zapatos de tacones no le permitían volarle un beso al niño guapo.

Se bajó en la parada del centro comercial en el que estaban las tiendas más caras de la ciudad. Aunque quería, nunca había entrado a ninguna de esas tiendas porque la plata siempre sera para las entradas a conciertos y desde que empezó a salir con Leonardo también era para el futuro. Pero ahora que la habían despedido no tenía ganas de acordarse de esas cosas que en ese momento le parecían estupideces. Así que vació la cuenta de ahorros desde el cajero automático y cerró los ojos cuando tuvo entre sus dedos los billetes. Entró a la tienda soñada y se perdió entre de las perchas.

Salió rápido de éstas. Las blusas, a primera vista, parecían divinas pero estaban todas repetidas y no había ninguna de colores estridentes, todas eran grises y de tonos pasteles. No valía la pena el gasto porque ni siquiera la emoción había durado mucho. Se fue de la tienda desanimada diciéndole gracias a la guapa joven que la había perseguido durante su recorrido. Miró las demás tiendas para encontrar algo en lo que pudiera gastar poco dinero pero con mucho gusto. Un olor a el panquecitos la llamó; ya luego perdió la razón en los colores: amarillo, azul, verde y rojo que pintaban la heladería. Corrió, y sin siquiera pensarlo pidió una copa doble: de chocolate toda.

Se había embarrado hasta la falda, pero a decir verdad poco le importaba. Después de recorrer los tres pisos del mall una y otra vez dejándose deslumbrar por carteras de diseñadores y medias de colores pasó por una tienda de antigüedades y se fijó en sus ojos saltones y en su cabello alborotado. Miro su reloj rosado y este se había parado a las seis y media. Agustina pensó en las horas que había andado buscando juguetes y dulces como una niña chiquita; pero se rió. Antes de irse, pasó por la relojería y le hizo poner pilas nuevas a su reloj; agradeció el trabajo, pero como de costumbre no lo comprobó.

Todavía llovía y las calles estaban casi vacías; se acordó de su enamorado y de su mamá. Revisó el celular y no tenía llamadas perdidas. Se preocupó pero no llamó a ninguno de los dos. Tomó el bus de la línea 78 que la llevaría a casa. Otra vez se sentó en el asiento de la ventana para mirar los cuadros que formaban en los vidrios las gotas y las luces de los carros. Lo disfrutaba: no tuvo que fingir que no pasaba nada.

Cuando llegó su madre estaba despierta viendo Rosalinda, en el canal de las telenovelas. Agustina se acercó a ella para abrazarla y quiso contarle donde se había metido y el lío que hubo en la oficina. Pero su madre le dijo bajito, mientas le acariciaba su despeinada cabeza “no importa” y a los pocos segundos Agustina se quedó dormida.

A la mañana siguiente, casi a las once, a Agustina la despertó el aroma de los patacones y el huevo frito. Mientras desayunaba y le conversaba a su mamá acerca del muchacho que la había mirado en el bus llegó Leonardo con un par de discos viejos: la miró a los ojos e intentando poner cara de serio, le dijo:

- Ahí para que los vuelvas a escuchar, ahora que tienes tiempo.

Agustina se le rió; en seguida miró su reloj y este no estaba corriendo.

lunes, 31 de agosto de 2009

El último rincón

Miguel Hernández


El último y el primero:
rincón para el sol más grande,
sepultura de esta vida
donde tus ojos no caben.

Allí quisiera tenderme
para desenamorarme.

Por el olivo lo quiero,
lo persigo por la calle,
se sume por los rincones
donde se sumen los árboles.

Se ahonda y hace más honda
la intensidad de mi sangre.

Los olivos moribundos
florecen en todo el aire
y los muchachos se quedan
cercanos y agonizantes.

Carne de mi movimiento,
huesos de ritmos mortales:
me muero por respirar
sobre vuestros ademanes.

Corazón que entre dos piedras
ansiosas de machacarte,
de tanto querer te ahogas
como un mar entre dos mares.
De tanto querer me ahogo,
y no me es posible ahogarme.

Beso que viene rodando
desde el principio del mundo
a mi boca por tus labios.
Beso que va a un porvenir,
boca como un doble astro
que entre los astros palpita
por tantos besos parados,
por tantas bocas cerradas
sin un beso solitario.

¿Qué hice para que pusieran
a mi vida tanta cárcel?

Tu pelo donde lo negro
ha sufrido las edades
de la negrura más firme,
y la más emocionante:
tu secular pelo negro
recorro hasta remontarme
a la negrura primera
de tus ojos y tus padres,
al rincón de pelo denso
donde relampagueaste.

Como un rincón solitario
allí el hombre brota y arde.

Ay, el rincón de tu vientre;
el callejón de tu carne:
el callejón sin salida
donde agonicé una tarde.

La pólvora y el amor
marchan sobre las ciudades
deslumbrando, removiendo
la población de la sangre.

El naranjo sabe a vida
y el olivo a tiempo sabe.
Y entre el clamor de los dos
mis pasiones se debaten.

El último y el primero:
rincón donde algún cadáver
siente el arrullo del mundo
de los amorosos cauces.

Siesta que ha entenebrecido
el sol de las humedades.

Allí quisiera tenderme
para desenamorarme.

Después del amor, la tierra.
Después de la tierra, nadie.

jueves, 27 de agosto de 2009

El Fantasma de Canterville


!Que falta de respeto la de la Familia Otis!


El Fantasma de Canterville - Charly García

Yo era un hombre bueno
si hay alguien bueno en este lugar.
Pague todas mi deudas
pague mi oportunidad de amar.

Sin embargo estoy tirado,
y nadie se acuerda de mi
Paso a través de la gente
como el fantasma de Canterville.

Me han ofendido mucho
y nadie dio una explicación
Ay si pudiera matarlos
lo haría sin ningún temor.

Pero siempre fui un tonto
que creyó en la legalidad
Ahora que estoy afuera
ya se lo que es la libertad.

Ahora que puedo amarte, nena,
yo voy amarte de verdad
Mientras me quede aire
calor nunca te va a faltar.

Y jamas volveré a fijarme
en la cara de los demás
Esa careta idiota
que tira y tira para atrás.

He muerto muchas veces
acribillado en la ciudad
Pero es mejor ser muerto
que un numero que viene y va.

Y en mi tumba tengo discos
y cosas que no me hacen mal
Después de muerta nena,
vos me vendrás a visitar.
Después de muerta nena,
vos me vendrás a visitar


Charly, tu eres un hombre bueno, un hombre bueno de verdad...




miércoles, 26 de agosto de 2009

De las faltas de respeto


Ayer todos los niños vencimos: éramos trescientos contra doce profesores buenos , un cura y un señor de terno. Don Paquito hizo sonar muy fuerte tres veces la campana; y aunque ella y Don Paquito se merecen todo el respeto, cada uno de los niños de la escuela América se juntaron justo enfrente del escenario y alzaron sus frentes cómo los próceres de los libros de la historia del continente para gritar con todo el corazón ¡Queremos más recreo! Sólo la señorita Verónica se detuvo para vernos. Pero tenía la cara de buena, como la de las madres, y eso por un instante nos causó distracción. La Señorita Verónica fue prudente y puso cara de mujer de guerra como la Generala Manuela y nos dio valor. ¡Queremos más recreo! De repente los profesores que iban camino a las aulas aligeraron su paso. ¡Queremos más recreo! y algunos empezaron ajuntarse para vernos. Don Paquito tembloroso tocó la campana otra vez. Pero nosotros continuamos inmóviles al pie de la batalla. El padre Juan se acercó para llamarnos la atención, y aunque El padre Juan también merece respeto porque es un servidor entero de Dios ninguno de nosotros le hizo caso: ya habíamos quedado en que cuando él se nos acercara no íbamos a mirarlo a los ojos y que recordaríamos las veces en que nos haló de las orejas o nos echó agua. ¡Queremos más recreo! Y el señor director asomó como nunca sus narices en un día que no fuera lunes para decirnos que por favor mantuviéramos el orden pero no era momento para ponernos en fila por orden de tamaño. ¡Queremos más recreo! y el director nos pidió que entráramos a nuestras clases en silencio y con prontitud; pero otra vez nadie la escuchó. El director mandó a los profesores a que nos dirigieran, pero ni los niños de primero levantaron un piecito del suelo ¡Queremos más recreo! El director muy serio nos dijo: “Voy a contar hasta tres” y contó a del uno al tres y los maestros se le rieron. Así que el director agachó su cabeza y Gustavito agarró el balón y con una chilenita se lo lanzó a Miguel y todos empezamos a jugar de nuevo.

En el camino a casa a Julio se le ocurrió que asustáramos a Chelita la monja loca del femenino pero Riqui y yo le dijimos que no. Ella también es digna de nuestro respeto.

lunes, 24 de agosto de 2009

Ahora que puedo amarte


Y en mi tumba tengo discos

y cosas que no me hacen mal.
Después de muerta, nena,
vos me vendrás a visitar.

El Fantasma de Canterville – Charly García


Me pongo el vestido negro que tanto le gustaba. Tomo un poco del maquillaje de su esposa para que mis mejillas tengan algo de color y para delinear mis blancos ojos. Me suelto el cabello y me le dibujo en frente pero él casi pasa a través de mí y yo me estremezco cuando siento como un rayo en el pecho el calor de su cuerpo. Así me asesina todos los días. Ojalá yo también pudiera asesianarlo con la misma alevosía. Pero él huele a flor de almendro y tiene el pelo castaño y unos hijos maravillosos que me dejan galletas de avellanas debajo de la cama. A veces me consuelo pensando que a lo mejor no me nota porque lleva encima problemas financieros, matrimoniales y prisa. Nunca he tratado de darle un escarmiento porque es él quien tiene que seguir viviendo en este mundo donde ya casi nadie se acuerda de sus muertos. Y él vuelve a pasar a través de mí sin detenerse cómo si no me reconociera en el viento. En la noche mientras él intenta conciliar el sueño yo toco su piano para que baje a buscarme y charlemos. Quiero pedirle perdón por haber destruido su auto nuevo. Pero cuando está oscuro me tiene miedo. Tendré que esperar a que se muera para que nos amemos de nuevo.


sábado, 8 de agosto de 2009

Chapu


Sí ya sé. Ya sé que no es correcto llevarlo siempre conmigo; que lo mejor sería que lo deje en casa amarrado a la ventana para que no permita que entren perros o gatos u otros animales malignos a la casa; pero a él le gusta jugar al Cuadrado con mis amigos en la vereda y comer hamburguesas en la cena. Sí lo sé. Sé que tal vez no debería pedirle a los demás que hagan un espacio para mi acompañante; pero es que ellos no se fijan y suelen sentársele encima. Sí, sí, también sé que no es conveniente que le hable delante de la gente y que es muy probable que por eso me echen de los teatros y plazas, pero es que los que están a mi lado están muy concentrados y no pueden escucharme. Sí, lo sé. A mi esposo no le está gustando nada todo este asunto; le preocupa que sea Chapu al que le preparo le preparo todos los días el desayuno. Pero es que Juan Manuel se va con ese hombre a mitad de la noche y cuando despierto es el dinosaurio el que está allí.

jueves, 6 de agosto de 2009

Que va ser de ti

A veces en las películas aparecen monstruos,
y parejas de enamorados que se besan.
Papá no está conmigo,
Y no hay nadie que cubra mis ojos.


Que va a ser de tí, de Joan Manuel Serrat.

Hace más de un año ya
que en casa no está
tu pequeña.
Un lunes de noche la vi salir
con su impermeable amarillo,
sus cosas en un hatillo
y cantando... "quiero ser feliz" ...

Te dejó sobre el mantel
su adiós de papel,
tu pequeña.
Te decía que en el alma y la piel
se le borraron las pecas,
y su mundo de muñecas
pasó...

Pasó veloz y ligera
como una primavera
en flor...

Qué va a ser de ti lejos de casa.
Nena, qué va a ser de ti.

Esperaste en el sillón
y luego en el balcón
a la pequeña.
Y de punta a punta de la ciudad
preguntaste a los vecinos
y saliste a los caminos.
Quién sabe por dónde andará...

Y hoy te preguntas por qué
un día se fue
tu pequeña,
si le diste toda tu juventud,
un buen colegio de pago,
el mejor de los bocados
y tu amor...

Amor sobre las rodillas.
Caballito trotador.

miércoles, 5 de agosto de 2009

La señora Susana


Cerró los ojos para tratar de no escuchar los reclamos de su mujer pero era imposible. Las palabras eran como puñetazos que ella le sin piedad le daba en el pecho, en el lado izquierdo. Él no le devolvía ninguno porque esa era la mujer que amaba. Se levantó de la mesa y se bebió la tercera taza de café dulce que desayunaba y no comió más de una galleta de sal porque sólo quedaban dos y ella todavía no había comido nada. Tomó su radio grabadora y el cuaderno donde apuntaba las canciones de Los Iracundos y los acomodó en una sola mano. Se acercó a su mujer para despedirse pero ella rechazó la caricia de un manotazo. Salió de la casa sin escuchar ni una sola buena palabra.


Don Nacho se sentía menos apesadumbrado después de caminar tres calles abajo y girar a la derecha. Veía muy lejana su casita anaranjada y su mata de plátano y los gritos de su mujer ya no le alcanzaban el alma. En esa esquina el mundo le cambiaba. Las calles tenían nombres y las fachadas de las casas ya no eran de colores chillones si no que eran grises, amarillas y blancas. Parecían palacios de cuentos de hadas. A él le parecía que en ese barrio las mujeres también cambiaban porque estaban peinadas desde temprano en la mañana y porque gustosas despedían a sus maridos cuando se iban al trabajo, aunque ellas se quedaran solas. Caminó unas calles más hasta llegar a la casa número 311 de la Avenida de Los Robles. Tocó el timbre y una pequeña de cabello rubio y grandes ojos pardos le abrió la puerta que inmediatamente se le arrojó a los brazos.

- ¡Don Nacho! ¡Don Nacho!
- Buenos días, mi niña bonita ¿cómo ha pasado?
- Bien, con mi papi y mi mami.
- Eso está bueno, Luisita.
-¡Entre don Nacho, entre! mi mami ya viene.

Y aunque él ya había visto aquella casa cientos de veces. Todos los días cuando entraba se maravillaba. La casa olía a canela y la luz que entraba por las ventanas era clara y no quemaba. Las figuras de cerámica de la señora Susana eran hermosas y los rostros de los santos eran tersos y resplandecientes. Don Nacho creía que seguramente así eran los santos en el cielo y no como los que él tenía en su casa: tristes, desencajados y apolillados. Se acordó de su mujer en la casita anaranjada y pensó que ella sería feliz si él le hubiera dado una casa como esa y si se arreglara con vestidos bonitos y si fuera una artista como la señora Susana.

- Don Nacho, buenos días
- Buenos días señora Susana. ¿Cómo amaneció?
- Muy bien, gracias.
- Eso está bueno mi señora.
- Tómese este juguito, don Nacho.
- Gracias, no debió molestarse.
- No es nada, Don Nacho. Le cuento: mi esposo se fue de viaje temprano en la mañana. Regresa hasta dentro de dos días. Voy a dejar a Luisita en casa de mi hermana. Puede tomarse estos días libres, para que lo pase en su casa, con su familia.
- No, señora Susana mi trabajo es cuidar de la casa y por su puesto de usted y la niña.
-Pero todo va a estar bien Don Nacho. Descanse un par de días.
- Señora, la casa no puede quedarse sola nunca.
- Bueno, Don Nacho. Como usted lo prefiera. Yo había planeado reunirme aquí esta noche con una amiga del colegio. Usted sabe, para recordar viejos tiempos.
-Señora, eso está bueno. Si necesita algo usted no más me avisa. Discúlpeme ¿Está todo bien en el trabajo del patrón? El señor nunca viaja…
- Si, sí, no se preocupe es solo un viaje de negocios.
-Pero que bueno que usted lo entienda señora. Es difícil para un hombre dejar a su familia sola...
- Si yo entiendo, así como él me entiende a mí.

La señora Susana sonrió y a don Nacho se le iluminó la cara. Creyó que su mujer estaba equivocada. Aunque él no era un hombre de traje y corbata tenía un trabajo difícil y no podía dedicarles más tiempo y tampoco podía exigirles a sus patrones, con lo buenos que eran, un aumento de sueldo. Decidió que cuando volviera a su casa iba a dejarle las cosas claras a su quejumbrosa mujer. Después de todo ella no tenía derecho a humillarlo de la manera en que lo hacía. A penas si trabajaba tres o cuatro veces por semana lavando ropa de niños. Además a don Nacho de pronto le pareció que su mujer no era tan bella como para no querer golpearle el corazón.

Don Nacho despidió a la señora y a la niña y de inmediato subió a vigilar la casa de sus patrones desde la garita. Cómo le gustaba ese barrio de casas grises, amarillas y blancas; en el que nunca se escuchaba a ninguna mujer vociferando. Don Nacho encendió su radio grabadora y se puso a escuchar música. Al cabo de un rato escuchó una canción acerca de una mujer traicionera. Don nacho se quedó patidifuso; él nunca había conocido a ninguna.

Ya no pudo copiar la letra de ninguna canción. Se había puesto nervioso. Él casi nunca estaba en casa, su mujer siempre estaba de malas con él y no dejaba que la tocara. El ruido de la bocina del coche de doña Susana lo sacó de sus meditaciones. Bajó de prisa a abrirle la puerta. En lugar de la niña Luisita venía con la señora Susana un hombre de barba y de ojos azules que traía la camisa desabotonada. La señora miró coquetamente a don Nacho y el pobre se estremeció.

Los quejidos de la señora Susana se escuchaban en la garita. Todo el barrio los escuchaba. Don Nacho tomó las llaves de la casa y bajó las escaleras de prisa. Miró por la ventana y vio a Doña Susana desnuda tumbada en el piso de la sala. Se acordó de su mujer en la casita a naranjada, y salió despavorido de aquella casa. Le echó un vistazo al barrio y por un momento se descontroló En la mayoría de los hogares los maridos nunca estaban. Tal vez por eso las mujeres estaban siempre contentas y bien peinadas.

Corrió de prisa sin detenerse ni por un instante. Cuando vislumbró su casita y a su mujer en bata conversando con la vecina respiró tranquilo.

- ¡Hombre de Dios! ¿Pero qué haces aquí? ¿Por qué vienes corriendo? ¿Qué te pasó?
- Nada mi Susanita, nada. Sólo vine para amarla.

Y don Nacho tomó de la mano a su mujer de la cintura y la metió a fuerza de besos a la casa.

viernes, 24 de julio de 2009

A mediados de septiembre


Levántame, despiértame

que es de día y debo estudiar.

Levántame despiértame
que es de noche y no puedo ver nada
no puedo ver tu cara.

Levántame, despiértame
que tengo que juntar palabras
y acordes y voces
Y yo amo juntar palabras,
acordes y voces.

Levántame despiértame
que quiero guardar unos días
y regresar a casa.

Levántame, despiértame
Cuando llegue marzo
y a mediados de septiembre.

Levántame, despiértame

que ya estoy a tu lado
y ahora déjame dormir
pero no por mucho rato.

miércoles, 22 de julio de 2009

No matarás

No matarás
de Carlos Dousdebés (1902-1958)

No matarás a nadie
y no matarás nada...

... Ya que el átomo es algo
y sus dos componentes
penúltimos al menos
son dos, como los seres que se aman,
que deben ser sólo uno
y cuando se separan
pueden causar el fin de todo un mundo,
pues no mates al átomo
para matar a nadie
ni para matar a nada...

«No matarás» nos dice
aquel gran Mandamiento,
no matarás a hierro
ni matarás de hambre
nunca jamás a nadie
por guardar lo superfluo...


No matarás al padre
ni a la mujer, ni al ave
que navega en el cielo...

No matarás de pena
tras de tus propias puertas
(clavando tus crueldades
mentales, intangibles)
al temeroso, al tierno,
ni a la que te amó mucho
y ahora te tiene odio
porque le infundes miedo...

No matarás los pájaros
-trinos de oro del día-
pero si tu crueldad
dicta prisión perpetua
-peor mal que la muerte
que después siempre llega-
es preferible que
pienses en este cuento:

Había unos cipreses
siempre verdes y esbeltos,
llenos de sol en julio
y de nieve en enero,
hasta que llegó a verlos
un fratricida de esos
que se disfraza a veces
de humilde jardinero
y a los hermanos árboles
los escogió, sabiendo
que estaban indefensos,
clavados por raíces
en el fragante suelo...
(Habrían preferido
ser echados al fuego
en vez de que su forma
natural, que ascendía
ondulante en el viento,
fuera cambiada toda
por aquel jardinero...)


Sin embargo, sus manos
podadoras, cortaron
esas ramas en vuelo
y ahora son sus formas
simplemente geométricas:
cuadriláteros, triángulos,
esferas, poliedros...

Pero, a mayor crueldad
llegaste, jardinero,
y hoy cortas los cipreses
y les das formas de águilas
que flotan en el viento,
alas siempre extendidas
en actitud perpetua
de emprender un gran vuelo...

No sabes lo que haces
hermano jardinero...
Los tienes sometidos
a martirio perpetuo.
Tú vives cometiendo
un fratricidio horrendo
con los hermanos árboles
del santo Poverello...

Has planeado cuidarlos
para tu amo terreno,
complacer sus miradas
sin premeditar esto...
Y, sin embargo, ellos,
los cipreses eternos,
los de julio y enero,
te siguen perdonando
dentro de su prisión
de águilas en vuelo
y te perdonarán
hasta la última hora
en que te alejes tú
y tu amo del huerto,
en donde ellos nacieron,
y ascienda por sus ramas
intactas, hacia el cielo,
toda esa sangre verde
que fecundan los soles
en su fragante suelo.

lunes, 20 de julio de 2009

Dulce fiebre



“En lo futuro tú estarás sola aunque al lado de tu marido. Yo estaré solo en medio del mundo. Sólo la gloria de habernos vencido será nuestro consuelo. ¡El deber nos dice que ya no somos más culpables! No, no lo seremos más.”

Simón Bolívar.



La ponzoña corre por mi sangre. Y yo le ruego, mi señor, que me deje ir con usted. Pero usted querrá que me quede aquí ¿verdad? Y me dirá que soy más útil tranquila, serena. Y acariciará mi pelo enmarañado y me enternecerá con sus ojos negros. Me dirá mi loca enamorada. Y yo que ya no se, que le hago caso cuando tiene usted razón, que sé que ya no debo insistirle a su noble corazón, me quedaré aquí, sin usted, aunque no sé con que motivo.

No me deje aquí, luchando contra este veneno, que no quiero. Mi Simón, déjeme ir con usted. Perdóneme. Yo no quise hacer que usted me ruegue, yo no quise hacer que usted me espere. Yo cerraba mis ojos y lo veía llegar galopando en su caballo, como tantas otras veces. Y aunque escuchaba su voz llamándome a través del viento, tan tonta pensé que usted ya volvía. Permítame ir con usted, que el tiempo será noble y nos dejará recorrernos. Béseme, no me deje de nuevo.

Escúcheme esta vez. No sea usted tan terco. Hombre, yo lo salvé, sálveme usted. Su causa era mi causa antes de que yo lo adorara. Pero me derrumbo, no se lo quise decir nunca, perdóneme si se lo digo ahora, me derrumbo cuando escucho a esos perversos deshonrar su magnánimo nombre. No, no se preocupe, que ellos no lo saben porque yo alzo mi pecho y los miro con mis ojos duros cuando defiendo nuestros sueños. Quisiera vengarlo pero conozco que usted no querría eso. Quiere usted que guarde del mal mi valiente corazón. Mi señor, así lo haré. Lo guardaré porque mi corazón es de usted.

No, no me discuta, abráceme. No me aparte, déjeme besar sus lágrimas. Entre en razón, que no está bien, mi amor, que nos separemos otra eternidad. Yo puedo mirar. Recuerde, mi señor que mi alma puede mirar. Lléveme con usted y líbreme de ese otro viento que trae sal, de las canas, del destierro, de la enfermedad. Lléveme con usted que no quiero que estén lejos nuestros huesos. Lléveme con usted que ahí donde nos vamos a quedar el tiempo huele a pan quiteño. Lléveme y desvístame y conviértase conmigo en la sierra que cobija a nuestros pueblos. Sea conmigo uno sólo antes de que se acabe todo nuestro mundo.

No Bolívar, no me mire así que no quiero quedarme en este tiempo. No, mi amor, no me pida eso. No ahora que antes me sostenía su regreso porque mi corazón lo veía en su caballo y con el viento. Pero ahora, mi amante, está usted muerto. No me pida otra vez que no me pierda, ni que viva para nuestros hombres porque no puedo.

Mi amado Simón, ¿por qué no puedo convencerlo?

Míreme, tóqueme, siéntame, míreme. Decídase pronto mi señor y sea bueno con esta fiebre, dulce fiebre que se compadeció de mí y me trajo hasta usted. Escúchela. Envuélvase en mi pelo, vuele cómo las aves, anímese sobre mis ademanes, guárdese en su miel quiteña, enrédese en el viento de Los Andes.

¿Qué le hizo a el veneno, Simón? que lo veo como en sueños ¿Por qué se ha montado en su caballo? ¿Es que se marcha de nuevo? No me llame buena, no me llame bella, no me diga adiós. Y yo que ya no se, que le hago caso cuando tiene usted razón, que sé que ya no debo insistirle a su noble corazón, me quedaré aquí, sin usted, aunque no sé con que motivo.

Voy a guardarme del odio y ni la tranquilidad borrará su imagen de mi memoria. Váyase usted al medio del mundo que yo me quedaré en al lado del mar venerando por la eternidad su nombre. Y los poetas me buscarán en la playa por las noches. Y yo estaré esperando que llegue el tiempo noble.


sábado, 11 de julio de 2009

Hay que ser realmente idiota para...


"Julio Cortázar es un regalo, y tenerlo acá, entre mis páginas, es una bendición. "

Jennifer Piñero



Hay que ser realmente Idiota para...

de Julio Cortázar


Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone.

Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que to
do va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.

Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checo
s son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso --lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad-- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco). Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforescente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con o que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta "L'année dernière à Marienbad", ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.


martes, 7 de julio de 2009

Para el

Hombre de Silvio Rodríguez

De quererte cantar sufro disnea
bastante más allá de los pulmones.
Tu sombra brilla hoy en la pelea
mayor de la conciencia y las razones.
Por ti canto de pecho,
como el sueño en que giro
y leve, como aún respiro.
Por ti adelanto trecho
a lo que falta en tono
y canto lo que no perdono.

Hombre, hombre y amigo,
aún queda para estar contigo.
Hombre, hombre sin templo
desciende a mi ciudad tu ejemplo.

Supiste cabalgar contra quien odia
desde su torre de odio y exterminio,
pero, en mi parecer, te dio más gloria
el alma que tallaste a tu dominio.
La medicina escasa,
la más insuficiente
es la de remediar la mente.
Y la locura pasa
risueña cuando engaña,
cual odio de la propia entraña.

Hombre sin apellido,
un poco de piedad te pido:
hombre, ay, todavía,
que un tanto más allá está el
día.
De la melena inculta a la calvicie,
del número inicial a lo incontable,
desde la tumba hasta la superficie,
tras breve veinte tan multiplicable
me llega un canto alado
de fiebres de la infancia,
me brota la invención del ansia
y entero y mutilado,
furiosamente a besos,
te doy mi corazón travieso:

Hombre, hombre sin muerte,
la noche respiró tu suerte,
hombre de buen destino,
y hay luces puestas en camino.


lunes, 6 de julio de 2009

Definitivamente el mundo ha vivido equivocado


Este cuento lo leí por primera vez hace tres días y lo he leído, creo, diez veces, y lo quiero leer de nuevo. Es tan sencillo, genial. Magnífico, entrañable... como El Negro. Te extrañamos Negro. ¿Dónde estás?

¡Eso és! Se te queman todos los papeles...



El mundo ha vivido equivocado de Roberto Fontanarrosa



—¿Sabés cómo sería un día perfecto? —dijo Hugo tocándose, pensativo, la punta de la nariz. Pipo me­neó la cabeza lentamente, sin mirarlo. Estaba abstraí­do observando algo a través de los ventanales.

—Suponete... —enunció Hugo entrecerrando algo los ojos, acomodándose mecánicamente el bigote, corriendo un poco hacia el costado el sexteto de tazas de café que se amontonaba sobre la mesa de nerolite-... que vos vas de viaje y llegás, ponele, a una isla del Caribe. Qué sé yo, Martinica, ponele, Barbados, no sé... Saint Thomas.

—¿Martinica es una isla? —preguntó Pipo, aún sin mirarlo, hurgando con el índice de su mano izquierda en su dentadura.

—Sí. Creo que sí. Martinica. La isla de Martinica.

Pipo aprobó con la cabeza y se estiró un poco más en la silla, las piernas por debajo de la mesa, casi to­cando la pared.

—Llegás a la isla... —prosiguió Hugo-... Solo ¿viste? Tenés que estar un día, ponele. Un par de días. Entonces vas, llegás al hotel, un hotel de la gran puta, cinco estrellas, subís a la habitación, dejás las cosas y bajás a la cafetería a tomar algo. Es de mañana, vos llegaste en un avión bien temprano, entonces es media mañana. Bajás a tomar algo.

—Un jugo —aportó Pipo, bostezando, pero al pare­cer algo más interesado.

—Un jugo. Un jugo de tamarindo, de piña...

—De guayaba, de guayaba —corrigió Pipo.

—De guayaba, de esas frutas raras que tienen por ahí. Calor. Hace calor. Vos bajás, pantaloncito blan­co livianón. Camisita. Zapatillitas.

—Deportivo.

—Deportivo.

—Tipo tennis.

—No. No. Ojo, pantaloncito blanco pero largo ¿eh? No short. No.

Largo. Livianón. Bajás... Poca gente. Música sua­ve. Cafetería amplia. Te sentás en una mesa y... se ve el mar ¿No? Se ve el mar. El hotel tiene su playa pri­vada, como corresponde. Poca gente. Poca gente. No mucha gente. No es temporada. Porque tampoco vos vas de turismo. Vos vas por laburo. Una cosa así.

—Claro. —Pipo aprobó con la cabeza y saludó con un dedo levantado al Chango que se iba con una rulienta.

—Entonces ahí... —Hugo estiró las sílabas de esas palabras anunciando que se acercaba el meollo de la cuestión-... a un par de mesas de la mesa tuya: una mina, sentadita. Desayunando.

—Sola —por primera vez Pipo mira a Hugo, frun­ciendo el entrecejo.

Hugo arruga la cara, dudando.

—Sola... o con un macho. Mejor con un macho ¿viste? Pero, la mina, te juna. Te marca. No alevosa­mente, pero, registra. La mina, muy buena, alta rubia, ojos verdes, tipo Jacqueline Bisset.

—Me gusta.

—La mina, poca bola. Marca de vez en cuando, pe­ro poca bola.

—Jacqueline Bisset no es rubia.

—¿No es rubia? ¿Qué es? Castaña.

—Sí, castaña, castañona.

—Bueno... Pero ésta es rubia. Remerita azul, pantaloncitos blancos. Cruzada de gambas, fumando. Ha­blando con el tipo, recostada en el respaldo del silloncito. Esos silloncitos de caña.

—¿Silloncitos de caña? ¿En una cafetería? —dudó Pipo.

—Bueno, no. —admitió Hugo— Uno de esos comu­nes. O como éstos —giró un poco el torso y pegó dos tincazos cortos contra el plástico de un respaldo— Pe­ro con apoyabrazos ¿me entendés? Porque la mina es­tá estirada, así, para atrás, medio alejada de la mesa. Mirando al tipo, cruzada de gambas. O sea, queda de perfil a vos. Pero... ¿qué pasa?

—¿Qué pasa?

—La mina se aburre. Se nota que se aburre. El tipo chamuya algunas boludeces y la mina hace así, con la cabeza —Hugo imita gesto de asentimiento- pero se nota que se hincha las pelotas.

—Y claro, loco... —

—Entonces, entonces... —Hugo toca levemente el antebrazo de Pipo llamando su atención— Vos empezás a hacerte el bocho. Con la mina. ¿Viste cuando vos empezás a junar a una mina y no podés dejar de mirarla? ¿Y que entrás a pensar: "Mamita, si te aga­rro"? Vos te empezás a hacer el bocho. Claro, te ha­cés el boludo...

—Porque está el macho.

—No. Pero el macho no calienta. Porque está de espaldas. No te ve. No te ve. Vos te hacés el boludo por si la mina mira. Cosa de que no vaya a ser cosa que mire y vos estás sonriendo como un boludo, o que le hagás una inclinación de cabeza...

—O que se te esté cayendo un hilo de baba sobre la mesa.

—Claro, claro —se rió, definitivamente entusiasma­do con su propio relato Hugo, haciendo gestos elo­cuentes de refregarse la boca con el dorso de la mano y limpiar la mesa con una servilleta de papel— No. No. Vos, atento, atento, pero digno. Tipo Mitchum. Ti­po Robert Mitchum.

—Bogart, loco. Vamos a los clásicos.

—Sí. Una cosa así. Fumando el hombre. Medio en­trecerrados los ojuelos por el humo del faso. Un duro.

—Sí. A esa altura yo ya estaría duro.

—También. También. Pero con dignidad —senten­ció Hugo— Porque por ahí te tenés que levantar y te­nés que salir encorvado como el jorobado de Notre Dame y ahí se te va a la mierda el encanto. Cagó el atraque. No. Vos, en la tuya. Juguito, un par de sorbos vichando por encima de las pajitas ésas, de colo­res...

—Los sorbetes.

—Los sorbetes. Una pitada. Mirando de vez en cuando al mar. Pero vos siempre atento a la rubia que balancea lentamente la piernita y a vos...

—A vos te corre un sudor helado desde la nuca...

—Desde la nuca hasta el mismo nacimiento de los glúteos. Y una palpitación en la garganta... ¿viste? como los sapos. Que se les hincha la garganta.

—Lindo espectáculo para la mina si te mira.

—No pero eso te parece a vos desde adentro— Hugo golpea con uno de sus puños contra su pecho—. No. Vos, un duque. Un duque. Y... ¿viste? ¿Viste cuan­do vos decís: "Viejo, si esta mina me da bola yo me muero. Me caigo al piso redondo" Y que medio agra­decés que la mina esté con un macho porque te saca de encima el compromiso de tener que atracártela. Pe­ro por otro lado vos decís "¿Cómo carajo no me le voy a tirar, si esta mina es un avión, un avión?" ¿Vis­te?

—Típico.

—Pero vos, claro, perdedor neto, también pensás: "Esta mina, ni en pedo me puede dar bola a mí". Por­que es una mina de ésas de James Bond, de ésas bien de las películas. Un aparato infernal. Digamos, todo el hotel es de las películas. Con piletas, piscinas, par­ques, palmeras, cocoteros, playa privada...

—Catamaranes.

—Surf, grones, confitería con pianista, negro tam­bién. Una cosa de locos. Entonces vos decís: "Esta mina no me puede dar bola en la puta vida de Dios". Pero, pero...

—Al frente —indicó Pipo, con la mano.

—¡Al frente, sí señor! —se enardeció Hugo —Al frente —Y por ahí, por ahí... el tipo se levanta.

—El tipo que está con la mina.

—El tipo que está con la mina se levanta y se pira. Le da un besito en la boca, corto, y se pira. A vos medio se te estruja el corazón porque pensás: "si el tipo éste la besó en la boca, es el macho. No hay duda".

Pipo meneó la cabeza, dudando.

—Porque uno siempre al principio tiene esa espe­ranza -prosiguió Hugo- "Puede ser el hermano", piensa, "un amigo" "o el tío", que sé yo...

—O una tía muy extraña que se viste de hombre.

—También.

—Una institutriz de esas alemanas. Muy rígidas —documentó un poco más su aporte Pipo.

—Claro. Claro. Pero cuando el tipo le zampa un be­so en la trucha ya ahí medio que se te acaban las po­sibilidades. —Hugo se corta. Se queda pensando. —Aunque viste cómo son los yanquis. Se besan por cualquier cosa —aclara. —Ahí viene una mina y te da un chupón y es cosa de todos los días.

—¿Sí?

—Sí. Bueno, bueno. La cuestión que la mina se ha quedado sola en la mesa. El tipo se piró. Se fue. Y la rubia está en la mesa, mirando el mar. Balanceando la piernita. Y ahí te agarra el ataque. Ahí te agarra el ataque. ¡Está servida, loco! Sola y aburrida. Rebuena, para colmo.

—¡Qué te parece!

—Claro, primero vos esperás. Te hacés el sota y esperás. Porque en una de esas vuelve el marido. O el tipo ése que estaba con ella y es un quilombo. Enton­ces vos te quedás en el molde. Y te empieza a laburar el marote de que si te vas y te sentás con ella. ¿Qué carajo le decís?

—Y además la mina habla en inglés.

—No sé. No sé. Eso no sé —vacila Hugo.

—¿La mina no es norteamericana?

—No sé. Porque vos no la escuchás. Vos la viste que está ahí chamuyando con el tipo pero no escuchás en qué habla.

—Y... si habla en inglés te caga.

—Sí, sí —admite Hugo, turbado— pero esperá...

—Bah. Si habla en inglés, o en francés o en ruso, te caga.

—Pará, pará.

—Vos inglés no hablás, que yo sepa.

— ¡Pará, pará! —se enoja Hugo.

—Porque nosotros, acá, porque manejamos el verso, pero si te agarra una mina que no hable castellano...

—Oíme boludo. Pará. ¿Vos sos amigo mío o amigo de la mina? La mina puede ser francesa, por ejemplo, y saber un poco de castellano.

—O española —simplifica Pipo— La mina es espa­ñola.

—¡No! Española no. Dejame de joder con las espa­ñolas.

—¿Por qué no?

—Las españolas son horribles. Tienen unos pelos así en las piernas.

—Sí, mirá la Cantudo.

—No, no —se empecina Hugo— dejame de joder con la Cantudo. La mina es una francesa tipo, tipo...

— ¿Por qué no la Cantudo?

—Tipo... ¿Cómo se llama esta mina? —Hugo gol­petea con un dedo sobre el nerolite.

—Romy Schneider.

—No. No. Esta mina que canta...

—A mí dejame con la Cantudo y sabés...

—¡No rompás las bolas con la Cantudo! ¿Cómo se llama esta mina? —Hugo señala con el dedo a Pipo, ya cabrero —Mirá, el día que vos me vengas con tu día perfecto, muy bien, que la mina sea la Cantudo. Pero yo te estoy contando mi día. Además esta mina es rubia.

—Bueno —aprueba Pipo, reacomodándose algo en la silla— La próxima vez que me cuentes tu día per­fecto, vos quedate con la rubia. Pero que la rubia esté con la Cantudo y salimos los cuatro. Así...

—Está bien, está bien -concede Hugo sin dejar de rebuscar en su memoria— ¡Françoise Hardy! ¡Françoise Hardy! Un tipo así.

—Tampoco es del todo rubia.

—Bueno, pero de ese tipo. De cara medio angulosa. Jetona. Más rubia, eso sí. Y con esa voz así... pro­funda.

—Oíme -cortó Pipo- Si no la escuchaste hablar. Decías...

—La mina es francesa —se embaló Hugo— Pero ha­bla castellano porque ha vivido un tiempo en Perú. ¿Viste que los franceses viajan mucho a Perú?

—¿Sí? —se interesa Pipo. Se acomoda definitiva­mente erguido en la silla, gira y con un gesto pide otro café a Molina, el morocho, que está descansando con­tra la barra, aprovechando la poca gente de las once de la noche.

—Claro. Porque esta mina es una mina del jet-set. Una arqueóloga o algo así, que viaja por todo el mun­do.

—Una cosmetóloga.

—O dirige una línea internacional de cosmética. Una línea suiza de cosmética —sopesa Hugo— O dise­ña moda. Habla varios idiomas. Y entonces habla cas­tellano con un acento francés, arrastra las erres...

—Como el dueño del hotel donde para Patoruzú -ejemplifica Pipo.

—Eso. Y tiene una voz profunda. Medio áspera. Co­mo Ornella Vanoni.

—Ajá, ajá. Me gusta —aprueba Pipo, dispuesto a co­laborar mientras se echa algo hacia atrás para permi­tir que Molina le deje, sin una palabra, un café, un va­so de agua, tire otros saquitos de azúcar junto al ceni­cero y apriete un nuevo ticket bajo la pata del servi­lletero.

—La cuestión es que la mina se quedó sola en la mesa, fumando —recupera el hilo Hugo— y vos estás ahí, haciendo el bocho, viendo cómo carajo hacés para atracártela. Para colmo todavía no sabés en qué carajo habla esta mina. Entonces, entonces, empezás a junar las pilchas, los zapatos, la remera, los ciga­rrillos que la mina tiene sobre la mesa para ver si di­cen alguna marca, algún dato que te bata más o me­nos de dónde es la mina. La mina llama al mozo. Pa­ga su cuenta. Vos ahí parás la oreja para ver si agarrás en qué habla, pero la mina habla en voz baja, como se habla en esos ambientes internacionales...

—Además la mina con esa voz profunda que tie­ne... —Pipo ha terminado de sacudir rítmicamente la bolsita de azúcar y se dispone a arrancarle uno de los ángulos.

—Claro. Agarra un bolso que tiene sobre otro si­llón y ahí... ahí... Primero... —se autointerrumpe Hugo— cuando se para, ahí te das cuenta realmente de que la mina es un avión aerodinámico. De esas mi­nas elegantes, pero que están un vagón. De ésas flacas pero fibrosas, ésas que juegan al tenis y que vos les tocás las gambas y son una madera. Entonces ahí, en tanto la mina se acomoda el bolso sobre el hombro y agarra los puchos y el encendedor de arriba de la me­sa...

—Los puchos son Gitanes -documenta Pipo.

—Claro. Los puchos son Gitanes y tiene ¿viste? ata­do a una de las manijas del bolso, un pañuelo de seda, fucsia. Bueno, ahí, cuando la mina se levanta. Se da vuelta. Y te mira.

—¡Mierda!

—Te mira ¿viste? —Hugo está envarado sobre la si­lla, tenso. Una mano en el borde del asiento y la otra sobre el borde de la mesa. Los ojos algo entrecerrados miran fijo en dirección a la ventana que da a calle Sar­miento —Te mira un momentito, pero un momentito largón. Ya no es la mirada de refilón... eh... la mira­da de rigor de cuando uno mira a una persona que en­tra o que se te sienta cerca. No. No. Una mirada ya de interés. Profunda.

—Ahí te acabás.

—No. Vos... un hielo. Le mantenés la mirada. Se­rio. Sin un gesto. Como diciendo "¿Qué te pasa, ca­riño?". Claro, por dentro se te arma tal quilombo en el mate, se te ponen en cortocircuito todos los cables. "Uy, la puta que lo reparió, no puede ser", decís. "No puede ser. Dios querido". Pero le sostenés la mi­rada hasta que la mina da media vuelta y se va para la playa con el bolso al hombro.

—Y... —se sonríe Hugo— ¿Viste cuando las minas se dan cuenta de que las están junando, entonces caminan un poquito remarcando más el balanceo? —Hugo osci­la sus propios hombros y el torso— ¿así? La mina se va para la playa, despacito. Matadora. Claro. Vos estás paralizado en la silla, tenés la boca seca y si te mandás un trago del jugo te parece que tragas papel picado. Cualquier cosa parece. Te zumban los oídos.

—Te sale sangre por la nariz.

—No. No. Porque ya te recuperaste. Ya te recupe­raste —ataja Hugo—. Y ya empezás a sentir ¿viste? Esa sensación, esa sensación, ese olfato, esa cosa... de la cacería. ¿No? Para colmo, para colmo —Hugo vuel­ve a poner su mano sobre el antebrazo de Pipo para concentrar su atención.

—Ahá...

—Para colmo, la mina llega al ventanal, todo vidria­do. Porque la parte de la cafetería que da al mar es puro vidrio —asesora Hugo—. Entonces cuando la mina llega a la parte de la puerta donde ya sale a la parte de playa, que hay una explanada y después está la arena, se para. Se para en la puerta, ¿viste? Como deslum­brada por el sol. Y mira para todos lados. Busca algo adentro del bolso con un gesto como de fastidio...

—Los lentes negros.

—Algo así. Lo que pasa es que la mina está aburri­da. Y en eso, antes de salir ya del todo, gira un poco. Y te vuelve a mirar...

—Ahh... jajajá... —ríe nervioso Pipo.

—¿Viste cuando de golpe una mina te mira y vos no sabés...?

—Sí. Si te mira a vos o a alguien de atrás.

—Claro, claro, eso —se enfervoriza Hugo— Que vos te das vuelta para ver si atrás no hay otro tipo, qué sé yo. Como para asegurarte.

—Sí, sí —se vuelve a reír Pipo.

—Pero no. La mina te vuelve a mirar a vos. Ya no tan largo, pero...

—Está con vos.

—Está con vos.

—La mina siempre seria -casi pregunta Pipo.

—Ah, sí. Sí. Seria. Juna pero ni una sonrisa. Los ojitos nada más. No. No se regala. Digamos...

—Insinúa.

—Eso. Insinúa... Entonces, vos, llamás al mozo. ¿Viste? —se divierte Hugo. Hace voz afónica— "Mo­zo"... No te sale ni la voz. Tenés la garganta seca. "Mozo". Firmás tu cuenta y ahí no más te mandás para la habitación. A los pedos.

—A la habitación.

—Claro. Porque vos ya viste que la mina se fue pa­ra la playa. O sea, la tenés ubicada y un poco la seguridad de que la mina se va a quedar ahí. Entonces vas a la habitación y te pones la malla, cazás una toalla. Una revista...

—Ah. Eso sí. Imprescindible. Un libro...

—Sí. Sí, sí. Un libro, una revista, cualquier cosa, para llevar debajo del brazo y salís rajando para la pla­ya cosa de que no vaya a aparecer algún otro y te primeree. Bajás y te mandás a la playa. Como siempre pasa, la primer ojeada que das, no la ves. Ahí te pu­teás, decís "¿Para qué mierda me fui arriba a cam­biar?". Y te desesperás. Pero por ahí la ves que viene caminando, entre alguna gente que hay, tomando una Coca Cola que ha ido a comprar. La mina te ve pero se hace la sota. Se tira por ahí, en una lona. No, en una de esas reposeras y se pone a tomar sol. Medio se apoliya.

—Ahí te cagó.

—No. Bueno. Al fin te la atracás —sintetiza Hugo.

—Ah no. ¡Qué piola! —se enerva Pipo— Así cual­quiera. Es como en esas películas donde un tipo dice "Me voy a atracar a esa mina" y después ya aparece con la mina, charlando lo más piola, encamado. Y no te dicen cómo el tipo se la atracó, atracó. Que es la parte jodida.

—Bueno. Pará. Pará —contemporiza Hugo— Vos te quedás vigilando. Ves por ejemplo que no hay ningún peligro cercano. Ningún tipo, algún tiburonazo co­mo vos que ande rondando. O hay algún tipo con su mujer que vicha pero se tiene que quedar en el molde pero además vos viste cómo son estas cosas. Los yan­quis, los ingleses por ahí ven una mina que es una bes­tia increíble y no se les mueve un pelo. Ni se dan vuel­ta. No dan bola. No son latinos. Entonces vos ves que no hay peligro cercano y planeas la cosa. Vos tenés una situación privilegiada. Estás solo. Tenés tiempo. Tenés guita...

—No como acá.

—Claro. Además ahí no te juna nadie. No hay que­mo posible. Entonces por ahí te vas un poco al mar, nadás, hacés la plancha. Y cuando volvés ves que la mina está leyendo. En la reposera, pero leyendo. En­tonces vos, desde tu puesto de vigilancia, ni muy cer­ca ni muy lejos, te ponés también a leer. Por ahí te dan ganas, ¿viste? —Hugo busca las palabras— de lar­gar todo a la mierda, cazar un bote, alquilar un cata­marán y disfrutar un poco en lugar de andar sufriendo por una mina que por ahí... Pero claro, cuando la mirás y por ahí la ves mover una piernita, sacudir un poco el pelo rubio se te queman todos los papeles. Te hacés el bocho como un loco. Se te seca de nuevo la garganta.

—Venís muerto.

—Lógico. En eso la mina se levanta y se va para un barcito que hay en la playa, muy bacán. Ese es el mo­mento, es el momento... Lo que vos me pedías que te explicara.

—Claro —parece que se disculpara Pipo— porque si no, es muy fácil...

—La mina va, se sienta en un taburete, debajo de esos quinchos ¿viste? como de paja, cónicos, pero grande, porque ahí está el bar. Y vos vas y te sentás al lado. Ya sin hacerte tanto el boludo, ya, ya en la lu­cha. Y ahí vas a los bifes. Le preguntás, por ejemplo "¿Usted es norteamericana?" En un tono monocorde, casi digamos, periodístico. Sin sonrisitas ni nada de eso. Ahí la mina te mira un momento, fijamente y es cuando...

—Te cagás en las patas —dictamina Pipo.

—¡Claro! ¡Claro! Porque ése es el momento cru­cial. Ahí se juega el destino del país. Si la mina se hace la sota y mira para otro lado. O dice "sí" caza el vaso y se alza a la mierda, perdiste. Perdiste comple­tamente. Pero no. La mina te mira, dice: "Sí". "Sí ¿por qué?". Y se sonríe.

—¡Papito!

—¡Papito! ¡Vamos Argentina todavía! ¡Se viene abajo el estadio! —Hugo se sacude en la silla— ¿Viste esas minas que son serias, que no se ríen ni de casuali­dad, pero que por ahí se sonríen y es como si tuvie­ran un fluorescente en la boca? ¿Qué vos no sabés de dónde carajo sacan tantos dientes? Una cosa... —Hu­go estira la comisura de los labios con los dientes de arriba tocándose apretadamente con los de la fila inferior.

—Como la Farrah Fawcett.

—Sí. Que es una particularidad de las modelos —asesora Hugo— Están serias, de golpe le dicen "sonreí" y ¡plin! encienden una sonrisa de puta ma­dre que no sabés de dónde la sacan... Buena, la rubia te mira, te dice "sí ¿por qué?" y...

—Te da el pie.

—Claro. Te da el pie, para colmo. Entonces vos de­cís "permiso", el barrio es el barrio, y te sentás en el taburete de al lado y entrás al chamuyo... —Hugo lle­va dos o tres veces el dedo índice de su mano derecha a la boca y lo hace girar hacia adelante como quien desenrolla algo. Pipo hace un gesto escéptico.

—Muy facilongo lo veo —dice.

—Lo que pasa es que la mina está con vos. Está con vos. La mina ya tiene decidido que te va a dar bo­la. No va a andar haciendo las boludeces de hacerse la estrecha o esas cosas. Es una mina que está en el gran mundo internacional y sabe lo que quiere. La mina va a los bifes. No se regala pero va a los bifes. Si le gusta un tipo le da pelota de entrada y a otra cosa.

—Eso es cierto. Esas minas son así.

—Entonces vos empezás el chamuyo. Ya tranquilo. Ya gozando la cosa porque sabés que la cosa viene bien, ya estás en ganador y medio que ya te estás ha­ciendo la croqueta pensando que te vas a llevar la ru­bia para la pieza del hotel y esas cosas. Ya entrás a disfrutar, ahí, vos, ganador. Garpás los tragos, tirás unas rupias sobre el mostrador al grone y te vas con la mina para las reposeras. La mina, claro, una bola bárbara. Y vos ves que los tipos te junan como di­ciendo "hijo de puta, se levantó el avión ése". Pero vos, un duque, fumás, te hacés el sota y la ves caminar a la rubia adelante tuyo, en la arena, ahí, el pantaloncito ajustado y pensás "Dios querido ¡Y esta mina es­tá conmigo!". Y bueno...

—Bueno —suspira Pipo, aflojando un poco la ten­sión. El peor momento ya ha pasado.

—En fin. Entonces escuchame como es la milonga. ¿No? La milonga del día perfecto. Al menos para mí. Primero, ahí, en la playa, con la rubiona. Un poco de natación, el mar, las olas. Alquilás un catamarán, te vas con la mina de recorrida. Y a eso de las seis, siete de la tarde, te mandás al bar y te das algún trago largo...

—Un ron Barbados.

—Puede ser. Puede ser. Fijate, fijate... —gesticula, calculador, Hugo- Me gustaría más un gin-tonic. Un gin-tonic.

—Loco, eso pedilo en Mombasa, en algún boliche de ésos. Pero no te pidas un gin-tonic en un lugar así. Con esa mina...

—Grave error. Grave error. ¿Qué tomaban los tipos que aparecen en la novela de Hemingway, de ésas en el Caribe, Islas en el Golfo, por ejemplo?

—Bacardí.

—Bacardí ¡Y gin-tonic! Gin-tonic, mi amigo. Pero la cosa no es esa. No es que vos vayas a pedir tal o cual trago. No. La cosa es que no te des con algún tra­go que te tire a la lona. Tenés que tomar algo que más o menos sepas que te la aguantás. Algo que te achis­pe, que te ponga vivaracho pero que no te haga pelo­ta. Mirá si todavía que ya tenés la mina en casa te le­vantás un pedo que flameás o te descomponés y des­pués andás con diarrea, te cagás ahí en el lobby del hotel...

—Vomitás —se asqueó Pipo.

—Vomitás. Le vomitás las pilchas a la mina. Un asco. No. No. Por eso, por eso, pedís algo sobrio, que vos sabés que te la aguantás y que te ponga ahí, en el umbral de la locura para acometer el acto... el ac­to... el acto carnal. Además vos ves que el asunto viene sobrio. Sin espectacularidad. No te vas a pedir tam­poco uno de esos tragos que vienen adentro de un coco partido por la mitad, que adentro le meten flo­res, guirnaldas, guindas, que lo tomás con pajita. Eso es para las películas de Doris Day que todos bailaban en bolas al lado de la pileta...

—Doris Day. Qué antigüedad.

—No. Vos te pedís entonces un gin-tonic. La mina alguna otra cosa así. Ahí charlás un ratito. La mi­na muy piola. Muy bien. Muy agradable. Simpática.

—Muy bien la mina —certificó Pipo, como asom­brado.

—Sí. Sí. Una mina de unos 26, 27 años. No una pendeja. Casada. Bien en su matrimonio. Bien. Que sabe lo que está haciendo. La mina quiere pasar bien esa noche, y a otra cosa.

—Claro.

—Claro. Ninguna complicación. No es de las que te va a hacer un quilombo al día siguiente ni nada de eso. La mina sabe cómo son estas cosas.

—No. No se te va a venir a la Argentina tampoco.

—¡Nooo! ¡No! No es de ésas que agarran el teléfo­no y te dicen "Arribo a Fisherton mañana". Y se te arma tal despelote. No nada de eso. Entonces...

—Entonces.

—Entonces, son como las siete, las ocho de la tar­de —el relato de Hugo se hace moroso— Te vas con la rubia a la habitación del hotel.

—¿A la tuya o a la de la mina?

—A cualquiera. Allá no es como acá que por ahí te agarra el conserje y no te deja entrar con la mina en la pieza. Allá no hay problemas. Te vas con la mina a la habitación. No. Mejor le decís a la mina que vaya a su habitación. Vos vas a la tuya y te das una buena ducha.

—Te sacás toda la arena.

—Claro, te sacás la arena. Los moluscos que te ha­yan quedado pegados. Y te vas a la pieza de ella. —Hugo hace un pequeño silencio contenido. Y bueno. Ahí, viejo ¿para qué te cuento? —sigue— Te echás veinte, veinticinco polvos. Cualquier cosa.

—¿Veinticinco, che? —duda Pipo.

—Bueno... Dejame lugar para la fantasía. Bah... Te echás cinco, seis. De esas cosas que ya los dos úl­timos la mina te tiene que hacer respiración boca a boca porque vos estás al borde del infarto...

—Sí. Que ya lo hacés de vicioso.

—Claro. Pero que te decís: "Hay un país detrás mío." No es joda.

—Muy lindo, che. Muy lindo —aprueba Pipo, que se ha vuelto a repantigar en la silla y manotea, distraído, el paquete de cigarrillos.

—No. No —le llama la atención Hugo.— No. Aho­ra viene lo interesante. Porque yo te digo una cosa. Te digo una cosa... eh... Pipo. Te digo una cosa Pipo: El mundo ha vivido equivocado. El mundo ha vivido equivocado. Yo no sé por qué carajo en todas las pe­lículas el tipo, para atracarse la mina, primero la invi­ta a cenar. La lleva a morfar, a un lugar muy elegante, de esos con candelabros, con violinistas. Y morfan co­mo leones, pavo, pato, ciervo, le dan groso al cham­pán mientras el tipo se la parla para encamarse con ella. Yo, Pipo, yo, si hago eso... ¡me agarra un apoliyo! Un apoliyo me agarra, que la mina me tiene que llevar después dormido a mi casa y tirarme ahí en el pasillo. O si no me apoliyo me agarra una pesadez, un dolor de balero. Eructo.

—Y eso no colabora.

—No. Eso no colabora —Hugo se pega repetidamen­te con la punta de los dedos agrupados en la frente— ¿A quién se le ocurre, a quién se le ocurre ir a enca­marse después de haber morfado como un beduino? Es como terminar de comer e ir a darte quince vuel­tas corriendo alrededor del Parque Urquiza. Hay que estar loco.

—Sí. Es cierto.

—Por eso te digo. El mundo ha vivido equivocado. Yo no sé cómo hacían los galanes esos de cine que se iban a encamar después de comer.

—Es la magia del cinematógrafo, Hugo. Hay que ad­mitirlo.

—Pero en este día perfecto que te digo yo —pun­tualiza, orgulloso, Hugo— Vos terminás de echarte los quince polvos con la rubia, te levantás hecho un duque. Te pegás una flor de ducha, cosa de quitarte de encima los residuos del pecado y ¿qué te pasa? Te­nés un hambre de la puta madre que te parió. ¡Lo­co! No comés desde el desayuno. Acordate que no co­més desde el desayuno que picaste alguna boludez. Y después no almorzaste porque un tipo que está de ca­cería no puede permitirse andar con sueño y hecho un pelotudo. Entonces, entonces... imaginate bien, eh. Prestá atención. Te empilchás livianito, la mina también. Ya es de noche, te has pasado cerca de tres horas cogiendo y la luna se ve sobre el mar. Está fresquito. No hay ese calor puto que suele haber acá. Ahí refresca de noche. Vos abrís bien las puertas de vidrio que dan al balconcito y desde abajo se escucha la música de una orquesta que es la que anima el bai­longo que se hace abajo, porque hay mesitas en los jardines, entre las palmeras y ahí los yankis cenan y esas cosas. Vos no. Vos como un duque, pedís el morfi en la habitación. ¡Imaginate vos! -Hugo reclama más atención de parte de Pipo- Vos ahí te sentís Gardel. Acabás de encamarte con una mina de novela. Estás en un lugar de puta madre, tenés un hambre de lobo. Sabés que tenés todo el tiempo del mundo para comer tranquilo. La mina es muy piola y agradable y no te hace nada, al contrario, te gratifica que ella se quede con vos después de la sesión de encame. No es de esas minas que después de encamarte tenés unas ganas locas de decirle "nena, ha sido un gusto haberte conocido; ahora vestite y tómatela que tengo un sue­ño que me muero y quiero apoliyar cruzado en la ca­ma grande". No. La mina es un encanto. Entonces te hacés traer un vino blanco helado, pero bien helado de esos que te duelen acá —Hugo se señala entre las cejas- ¡Bien helado!

—¡Papito!

—Porque también tenés una sed que te morís. Te has pasado todo el día en la playa, bajo el sol. Y ade­más después de un enfrentamiento amoroso de ese tipo si no tenés a tiro un buen vino blanco pronto ca­paz que te chupás hasta el bronceador.

—La crema Nivea.

—Y ahí te sentás con la rubia -Hugo se arrellana en su silla, hace ademán de apartar las cosas de la mesita— y le entrás a dar a los mariscos, los langostinos, la langosta, algún cangrejo, con la salsita, el buen pancito. Pero tranquilo, eh, tranquilo... sin apuro. Mi­rando el mar, escuchando el ruido del mar. Sos Pelé. Sos Pelé.

—Alguna que otra cholga —aventura Pipo.

—Sí, señor. Alguna que otra cholga. Pulpo. Mucho pulpito. Y siempre vino ¿viste? Le das al blanco. Sin apuro. Ahí es cuando entrás a charlar con la mina de cosas más domésticas. De la casa. De la familia. Cuan­do ya no es necesario hacer ningún verso.

—Cuando ya te aflojás.

—Claro. Ese momento es hermoso. Entonces le contás de tu vieja. De tus amigos. Que tenés un perro. Que de chico te meabas en la cama. La mina te cuen­ta de su granja en Kentucky. Que le gustan los hela­dos de jengibre. Pero ya tranquilo. Estás hecho. Estás hecho. Porque si vos morfás antes de encamarte —vuelve a la carga Hugo—, por más que te sirvan el plato más sensacional y lo que más te gusta en la vida a vos no te pasa un sorete por la garganta porque te­nés el bocho puesto en la mina y en saber si te va a dar bola o no te va a dar bola. Comés nervioso, para el culo, te queda el morfi acá. La mina te habla de cualquier cosa y vos estás pensando "Mamita, si te agarro" y no sabés ni de qué mierda está hablando ella ni qué carajo le contestás vos. Es así. ¿Es así o no es así?

—Es así.

—Entonces ahí, después de morfar como un as­queroso, después de bajarte con la rubia dos o tres tu­bos de blanco, vos vas sintiendo que te entra a agarrar un apoliyo ¡pero un apoliyo! Sentís que se te bajan las persianas.

—Ahí es cuando uno ya se entra a reír de cual­quier pavada.

—¡Eso! ¡Claro! -se alboroza Hugo por el aporte de Pipo-, que te reís de cualquier cosa. Bueno, ahí, te vas al sobre. Sabés, además, que podés al día siguiente dormir hasta cualquier hora porque vos te vas, ponele, a la noche del día siguiente. Y te acostás con la rubia, ya sin ningún apetito de ningún tipo, sólo a disfrutar de la catrera. Te vas hundiendo en el sueño. Te vas hundiendo. Está fresquito. Entra por la ventana la bri­sa del mar. Oís el ruido del mar. Un poco la música de abajo...

Hugo se queda en silencio, mordisqueándose una uña. Casi no hay nadie en El Cairo. Pipo también se ha quedado callado. Bosteza. Mira para calle Santa Fe. Hugo busca con la vista a Molina, que está charlando con el adicionista. Levanta un dedo para llamarlo. Molina se acerca despacioso pegando al pasar con una servilleta en las mesas vacías.

—Cobrame -dice Hugo.