jueves, 27 de mayo de 2010
Nostalgia (I)
miércoles, 26 de mayo de 2010
Poemas a la amistad
Gaby, de ojos mojados y destellantes
que la quieres tanto
que estas ahí con ella sin estar
y puedes volver a la realidad
Gaby, de pelo negro iluminado
que la proteges de ningún mal
y la envuelves de vainilla
que ves a través de sus ojos
sin perderte
Gaby, llena de risas
que viste al rey y a la reina
cuando parecían enamorados de película
Gaby, que te convertiste en maga
y te pusiste su disfraz
para que ella pueda ser
Gaby, que la quieres tanto
que puedes mirar...
¿Donde estás?
Diana
Diana vive sola con su padre el Rey, en el palacio
no tienen súbditos y eso está bien
La reina es invisible
y les duele no poder tocarla
por eso han creído que no está
Diana, vive en la otra realidad
en el mismo espacio y tiempo
El rey ha preferido no molestarla
y no le ha preguntado nada
Diana, se pregunta
Cómo sería todo si ella fuera diferente
En el mismo tiempo y espacio
Si hubiera sido la niña de los ojos de papá
Si pudiera ver las cosas tal como no son
Como los demás
Diana, no recuerda
Y no se puede despegar
Las fotos se le borran de la cabeza
Por eso guarda la envoltura del caramelo
La pieza del rompecabezas
las pone en otro espacio y en otro tiempo
Y ahí están…
Diana, puede llorar
Puede tener miedo
como cualquier otra chica
pero prefiere soñar
y mirar…
todo el rato
como cualquier otra chica
Diana, no ha sido lastimada
O tal vez no lo recuerda
No puede despegarse de nada
Mucho menos de las risas
menos de cualquier otra chica
Diana, quiere tocar el piano
en el circo, en el palacio
para su papá
y para todos los ausentes
en el mismo espacio, en el mismo tiempo
pero quizás no puede
¿Quién pintará a todos los presentes?
Gracias Charly por las canciones...
Mejor los veo de lejos
Me lo he prometido a mí misma: esta tarde voy a dejar de ver el fútbol desde mi balcón. Quiero jugar a la pelota con los chicos del barrio. Quiero hacer un gol y celebrarlo con un abrazo. Le he contado a un amigo mi idea y ha venido conmigo para deleitarse. Mientras vacía mi refrigerador, yo tomo “prestado” el uniforme oficial de peloteo de mi papá y los zapatos del colegio de mi hermano menor. Me recojo el pelo, me pongo una diadema para evitar despeinarme. Me veo muy chistosa, pues toda la ropa me queda grande. Salgo a la sala y mi pana se ríe. “Pareces un macho” me dice, mientras se come mi última manzana. Me pongo contenta, ése es el chiste.
Nos dirigimos a la cancha de indor-fútbol que está a la vuelta de mi casa. Apenas he salido de mi casa y ya soy toda nervios. Me arrepiento porque son las cuatro de la tarde y hace un sol espectacular que castiga. El chico de la casa de al frente casi suelta una carcajada al verme y su hermanito en cambio se asusta. Los vecinos, congregados en la cancha, desde lejos se dan cuenta de mi llegada y avisan. Algunos sonríen burlones, otros entusiastas. Tanta atención pone mal por un instante a mi compañero de aventuras, que me pregunta si no quiero regresar a casa. Pero ya estoy ahí frente a los muchachos, que todos los domingos admiro de lejos. Las rodillas me tiemblan, no puedo decirles nada. Pienso que me van a batraciar. Le tomo la mano a Luis Miguel y le pido apoyo moral.
“Muchachos, ella quiere jugar con ustedes”, les dice casi igual de nervioso, y me empuja hacia adelante.
Un chico rubio y bronceado se muestra atento: “Claro, claro, será un placer. La trataremos como a una princesa”. Un flaco que sale de la nada exclama: “La tratarás como princesa tú, porque yo no le voy a dar ventaja”. Otro más gracioso me pregunta: “¿Tenemos que dejarte tocar la pelota?”. El rubio me dice con señas que no les haga caso. Mi amigo, ahora muerto de la risa, les advierte: “Claro, la tienen que dejar jugar de verdad”.
El muchacho amable que me aceptó en su conjunto se presenta: “Aquí en la cancha me dicen El Gringo”, y me extiende la mano. Luego se acerca y me da una palmadita en la espalda. Entramos juntos a la cancha y me indica que toque el balón. ¡Estoy tan emocionada! Pero enseguida siento el peso de las miradas de los rivales y de los curiosos mientras hago el peloteo de calentamiento. Por ahí escucho las risas burlonas y uno que otro piropo de otros peloteros que han ido llegando, y a mi panita haciéndome barra. Los del equipo rival ni se inmutan, me miran de reojo; pero me parece que no es precisamente por mis habilidades con el balón.
El Gringo, que es el duro del barrio, ingresa a la cancha y, chifleando, llama a los jugadores. Empieza la charla de rigor: se pacta que el ganador sea el primero en meter dos goles. Ingenuamente pregunto quién va a pitar el partido. Todos se caracajean y un vecino que escucha de cerca me explica entre risas: “Aquí no hay albitro. No hay tiros de esquina, ni tarjetas amarillas. Están permitidas unas cuantas pataditas”. Los rivales se aprovechan de la bondad de mis compañeros de equipo y quieren apostar “de a lata”, cuando siempre se apuesta cincuenta centavos “por nuca”; o si es que no hay plata quedan en besos y abrazos. Después de debatir un rato (un tal Andresito exclama: “Oye loco, pero si es como jugar con uno menos”), los rivales nos conceden el saque y arranca el partido.
Carliño (en realidad se llama Carlos, pero a los que juegan bien les “acomodan” el nombre a lo brasilero) me pasa el balón y de inmediato me interceptan. Nos atacan de una. Un muchacho de dientes prominentes burla al primero y al segundo, pero El Gringo no le deja pasar la tercera, ¡ja! Noto que un muchacho de pelo largo y barba espesa me mira preocupado y enternecido. Él es de mi lote y me distraigo. Me sonríe y yo no lo miro, y me arrepiento. En eso la pelota pasa junto a mis pies, la recibe el chico de los dientes, centra y gol. Desde los balcones de las casas y las veredas los espectadores me miran y se lamentan.
¡Estoy pasando tanta vergüenza! Los rivales me hacen un baile a toda orquesta: me quitan el balón, lo retroceden, y a veces, desconsiderados, hasta hacen cascaritas. De vez en cuando, por dignidad, detengo remates con mucho esfuerzo, aunque se nota que no le están dando con todo. De repente no puedo creer lo que veo: estoy avanzando con la pelota, me he acercado al arco rival. ¡Ah, pero qué ha sido!, deliberadamente han aflojado. Casi puedo ver como se ríen y yo lo intento con todas mis fuerzas y remato: ¡Aaaah! ¡A las manos del arquero! “¡Uuuuh!” susurra el barrio.
Durante el partido escucho las carcajadas de los espectadores cuando fallo, y quiero llorar. Además el calor me llega hasta por la planta de los zapatos. Retrocedo dizque a proteger la zona, pero de inmediato siento que aquélla ha sido una mala elección: un desadaptado me lanza un balonazo. Mis nuevos panas enseguida lo increpan, uno lo insulta (yo lo insulto en mi cabeza), Carliño medio en broma lo amenaza: “Ya vas a ver más luego”. Por unos segundos me tiro al suelo haciendo berrinche. Escucho a Luis Miguel exclamar asustado desde afuera: “¡Uy, pobrecita Yuli!”. El chico de la barba y su amigo se acercan para ayudarme, pero de inmediato me levanto. Me preguntan si estoy bien y ni siquiera les contesto. ¡Nada que el de la chivita es de mi lote! ¡Estoy tan enojada!
El Gringo, que está picadísimo y parece que ya me quiere, me hace unas señas: les jura venganza. Y mientras yo estoy “robando pulmón” y rogándole a
Enseguida, El Grillo da pase, devolución instantánea en pared, definición a lo crack, suave, colocado, engañando totalmente al arquero. Me quedo atontada, tanto que casi aplaudo. Los otros ganan el partido. Decepción en mi alma. Pienso que con estas cosas tan serias no se puede jugar así nomás. Nos sentamos en la vereda a mirar los siguientes cotejos. Mis compañeros no están enojados, pero me miran, se me ríen y me dan apoyo moral: “No estás tan mal, tienes que seguir practicando. Regresa el día de la madre” me dicen medio en serio, medio en broma, y yo también me río. Nuestro rival resulta campeón de la jornada.
Después de los besos y los abrazos El Flaco dice: “Ya hace hambre”. Todos concordamos con él, así que cruzamos a la tienda. El Gringo y Andresito piden media jaba de cerveza. Carliño, Javiriño y Sir Christopher Warrior (me dicen muertos de risa que él es toda una personalidad, y él consiente) piden panes y cola, “comida de campeones”. ¡Pues no faltaba más!, yo compro lo mismo. Mientras tanto los chicos me cuentan de la vez que una de sus amigas se dejó meter un gol de arco a arco. De pronto llega a la tienda una chica curvilínea de pelo largo y castaño que acapara toda su atención. Me siento un poco celosa. Ella se va y ellos se miran en silencio con un brillo en los ojos muy particular. Ya es de noche, así que los dejo para que puedan hablar a sus anchas de la pelada. Mi amigo y yo nos despedimos extendiéndoles la mano, pero ellos aprovechan y me dan besito. El Gringo me invita al peloteo del próximo domingo. “Para la revancha” dice. Yo acepto la invitación, aunque noto que los demás se arrepienten. Entonces agrego: “Vendré pero sólo para verlos”. Y todos se quedan contentos.
Yuliana Castelo Rodríguez
Guayaquil, jueves, 04 de marzo de 2010
Ellas quieren ser como ellos
Ellas quieren ser como ellos
Tengo que reconocerlo: siempre he sentido admiración por la naturalidad de los hombres; tanto que, desde pequeña, algunas veces he deseado con todo mi corazón haber sido uno de ellos. Sí, cuando mis vecinitos podían pasar hasta días sin bañarse, ir al estadio y jugar a la pelota con sus papás, andar en bicicleta en los recreos (si es que estaban en una escuela bacán, de esas solo para niños, que ya no casi hay), y pretender en los juegos que eran Jason de los Power Rangers. Yo debía quedarme adentro, en la casa, jugando con las Barbies.
¡Los hombres pueden hacer cosas geniales! A nadie ha de sorprenderle encontrar a alguno sin camisa, tocando la guitarra o cantando goles por la casa; a otro que construye puentes, juega Nintendo y escribe canciones y tratados sobre la revolución; o a muchos que toman cerveza un domingo en la vereda. Ellos pueden invertir todas sus energías para conseguir a la chica que parece la indicada, y mirarla y mirarla; comprarse zapatos y no fijarse en la marca. ¡Cómo quiero hacer todo eso y cómo parece que no puedo!
¡Ellos son tan desenfadados!, y es toda una bendición. Muy rara vez tienen prisa y beben con alegría agua, vino o chocolate. Algunos lucen más atractivos cuando están despeinados, y se sonrojan y se ponen contentos si una les dice que están guapos. Preguntan y responden con facilidad. Ellos no son un mar de misterio, si de verdad los miramos descubrimos el secreto. Lo único malo de tanto desparpajo es que tardan mucho en darse cuenta cuando le gustan a una chica.
Sí. Cómo me gustaría ser como ellos y soñar que Natalie, Rita y Marilyn me aman.
Pero no me malentiendan: no es que crea que las mujeres no podemos hacer cosas extraordinarias ¡las hacemos todo el tiempo! o que no me guste ser chica, de hecho me encanta. Siempre podré hacerle “ojitos” a mi papá, a mis hermanos o a un amigo, y obtener gracias a ello un permiso, un abrazo o un helado. Siempre podré hacerme un peinado distinto o ponerme vestido, y sentirme muy bonita; y tener el consentimiento de todo el mundo para cantar las canciones viejas de Shakira, y para amar a un muchacho despreocupado. Pero es que yo creo, gracias a todos los hombres que quiero y que conozco (que son muchos), que son una inspiración, un encanto, que siempre nos están esperando.
Yuliana Castelo Rodríguez.
Guayaquil, domingo, 28 de febrero de 2010
sábado, 12 de septiembre de 2009
jueves, 3 de septiembre de 2009
Historia de la basura
Todos los días, mientras desayuno, pasa por delante de mi ventana el camión de la basura. Somos muy puntuales el camión y yo, cada uno a lo suyo. Yo lo contemplo con cierta melancolía, porque pienso en la historia de la basura y así, sin darme cuenta, doy un repaso también a mi existencia. No siempre se han depositado los desperdicios en bolsas de plástico. Cuando yo era pequeño, el cubo se forraba por dentro con papeles de periódico. Pero era un arte hacerlo de tal manera que al volcarlo salieran las inmundicias formando un solo cuerpo. Cada uno lo volcaba donde podía. Cerca de mi casa había un descampado donde yo iba a vaciar el nuestro y a espiar a una huérfana, una trapera, que iba a ver si se nos escapaba entre las porquerías algo de valor. En aquellos tiempos una monda de naranja podía ser un tesoro. Pero como yo estaba enamorado de la huérfana, a veces metía entre las cáscaras una naranja entera, la de mi postre. Mi postre era verla reír.
Luego, un día, llegaron a casa unos señores de uniforme que le hicieron firmar a mi padre unos papeles. En la comida me enteré de que en el futuro se haría cargo de la recogida de basuras un camión del Ayuntamiento. Recuerdo que mi padre elogió mucho aquel avance; según él, el progreso se notaba en cosas así. Nos explicó que en Suecia las Autoridades recogían por la mañana las inmundicias domésticas para incinerarlas por la tarde. A mí me habían contado esa semana en el colegio que en Suecia la gente se suicidaba mucho, porque no era feliz a pesar del nivel de vida, así que decidí que también yo me daría un tiro si el precio del progreso consistía en no volver a ver nunca a mi huérfana.
Desde entonces siempre pensé que era el Ayuntamiento el que se hacía cargo de la recogida de las basuras. Y resulta que no: esta semana me he enterado de que lo hace una empresa privada llamada Fomento de Construcciones y Contratas que, para más señas, es de las hermanas Koplowitz. La verdad es que me he quedado perplejo: no podía imaginar que Alicia y Ester vivieran de la recogida de basuras, igual que la niña aquella de mi infancia. Pensé que los Albertos las habían dejado en mejor situación, o que les pasarían al menos una pensión digna. Y no se han conformado con reducirlas a esa condición: según leo en el periódico, han intentado quitarles también el humilde negocio de las basuras. O sea, que el Ayuntamiento sacó recientemente a subasta la cosa, y ellos presentaron una propuesta para hacerse con el negocio. Afortunadamente, por una vez ha triunfado la justicia y las hermanas Koplowitz se han hecho con el contrato. El trabajo es muy duro, pero eso les permitirá vivir dignamente, sin tener que pedir nada a nadie.
Para mí, en cierto modo, esto ha sido como regresar a la infancia. Ahora, por la mañana, mientras contemplo por la ventana el camión de la basura, me acuerdo de aquella niña huérfana y me hago la fantasía de que ha crecido, convirtiéndose en dos. Esto no es raro: hay mucha gente que se divide cuando crece. Lo raro es volver a vivir con esta intensidad la infancia. El cubo de la basura ha cobrado de nuevo un significado especial. No se me ocurre tirar en él cosas húmedas, qué asco. Y los cartones de leche desnatada los friego con Fairy antes de deshacerme de ellos, igual que los envases de yogur. En fin, procuro que mi basura esté muy limpia para que Alicia y Ester no le hagan ascos. Y de vez en cuando, si ando bien de dinero, meto dentro un regalo, no una naranja, que hoy día una naranja la tiene cualquiera, sino un libro de poemas encuadernado en piel, o un perfume. Detalles. En cuanto a los posos del café, me los como porque oscurecen mucho la basura.
martes, 1 de septiembre de 2009
Con lluvia y tiempo
Ella iba por las calles paseando su desasosiego y un montón de sonrisas cándidas y temblorosas. Beberse los siguientes días era la mejor idea que se le pasaba por la cabeza; pero no quería causarles más pesares a su novio y a su madre. Tal vez podría fumárselos cuando nadie se diera cuenta. Se restregó los ojos y miró el reloj rosado que nunca se sacaba de su muñeca. Se estaba haciendo de noche, parecía que iba a empezar a llover y ella allí, estorbándole a la gente, pensando puras incoherencias. Agustina aceleró el paso y en la siguiente esquina en vez de doblar hacia la derecha lo hizo hacia la izquierda.
Y tomó el bus de la línea 12 que no iba al centro si no al norte y se sentó en él único asiento junto a la ventana que quedaba. Iba distraía, haciéndose creer que nada había pasado, mirando las luces a través del vidrio, hasta que un muchacho con un uniforme de colegio se subió y mientras avanzaba, en un acto de inocencia se fijó en su escaso escote. Ella se sonrojó y volvió a mirar por la ventana. Se maldijo un par de veces porque ya no tenía diecisiete y su timidez y sus zapatos de tacones no le permitían volarle un beso al niño guapo.
Se bajó en la parada del centro comercial en el que estaban las tiendas más caras de la ciudad. Aunque quería, nunca había entrado a ninguna de esas tiendas porque la plata siempre sera para las entradas a conciertos y desde que empezó a salir con Leonardo también era para el futuro. Pero ahora que la habían despedido no tenía ganas de acordarse de esas cosas que en ese momento le parecían estupideces. Así que vació la cuenta de ahorros desde el cajero automático y cerró los ojos cuando tuvo entre sus dedos los billetes. Entró a la tienda soñada y se perdió entre de las perchas.
Salió rápido de éstas. Las blusas, a primera vista, parecían divinas pero estaban todas repetidas y no había ninguna de colores estridentes, todas eran grises y de tonos pasteles. No valía la pena el gasto porque ni siquiera la emoción había durado mucho. Se fue de la tienda desanimada diciéndole gracias a la guapa joven que la había perseguido durante su recorrido. Miró las demás tiendas para encontrar algo en lo que pudiera gastar poco dinero pero con mucho gusto. Un olor a el panquecitos la llamó; ya luego perdió la razón en los colores: amarillo, azul, verde y rojo que pintaban la heladería. Corrió, y sin siquiera pensarlo pidió una copa doble: de chocolate toda.
Se había embarrado hasta la falda, pero a decir verdad poco le importaba. Después de recorrer los tres pisos del mall una y otra vez dejándose deslumbrar por carteras de diseñadores y medias de colores pasó por una tienda de antigüedades y se fijó en sus ojos saltones y en su cabello alborotado. Miro su reloj rosado y este se había parado a las seis y media. Agustina pensó en las horas que había andado buscando juguetes y dulces como una niña chiquita; pero se rió. Antes de irse, pasó por la relojería y le hizo poner pilas nuevas a su reloj; agradeció el trabajo, pero como de costumbre no lo comprobó.
Todavía llovía y las calles estaban casi vacías; se acordó de su enamorado y de su mamá. Revisó el celular y no tenía llamadas perdidas. Se preocupó pero no llamó a ninguno de los dos. Tomó el bus de la línea 78 que la llevaría a casa. Otra vez se sentó en el asiento de la ventana para mirar los cuadros que formaban en los vidrios las gotas y las luces de los carros. Lo disfrutaba: no tuvo que fingir que no pasaba nada.
Cuando llegó su madre estaba despierta viendo Rosalinda, en el canal de las telenovelas. Agustina se acercó a ella para abrazarla y quiso contarle donde se había metido y el lío que hubo en la oficina. Pero su madre le dijo bajito, mientas le acariciaba su despeinada cabeza “no importa” y a los pocos segundos Agustina se quedó dormida.
A la mañana siguiente, casi a las once, a Agustina la despertó el aroma de los patacones y el huevo frito. Mientras desayunaba y le conversaba a su mamá acerca del muchacho que la había mirado en el bus llegó Leonardo con un par de discos viejos: la miró a los ojos e intentando poner cara de serio, le dijo:
- Ahí para que los vuelvas a escuchar, ahora que tienes tiempo.
Agustina se le rió; en seguida miró su reloj y este no estaba corriendo.