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sábado, 26 de junio de 2010

Milagro


Tú eres como la lluvia, calientita

Siento como que me abrazan tus ojos

Haces que quiera volver

Yo no la conozco, bien…

pero ella es transparente

Así que la veo y quiero abrazarla

Ella es un alivio

es mi sonrisa mojada

A veces puedo soltar unas cuantas lágrimas

Estoy viéndola ahí sentada

esperando a que yo pronuncie unas palabras

no me interrumpe,

hace como que mira mis juguetes

Ella cree que estoy soñando con mi amor

con el muchacho que es todo un señor

pero yo estoy pensando,

y no sé cómo decirle

que me encanta

como está peinada

que me encanta

el instante

en que empieza a reírse

Yo puedo verla, bien…

ella se ha dado cuenta

y cree que yo soy una especie de maga,

que estoy loca

Yo creo que ella también puede verme

a través de mi ropa, de mi pelo, de nuestra timidez

No sé, no ha sido necesario permitírselo

No podemos hablar

Yo estoy escondiéndome, ella está con sus amigos

Entonces nos escribimos

Ella está esperando que yo pronuncie unas palabras

que deje de parecer tan lejana

Yo me doy cuenta

Ella está ilusionada

está inventando un par de plegarias

para que de una vez por todas yo me enamore

para que me deje llevar por mis pasiones

Es tarde, puedo escucharla,

Está un poco asustada…

Es como la lluvia, calientita

Es como si lo abrazara con sus ojos

Él ha de querer tanto volver

Quiero decirle que me encanta

que no sabe como conquistarlo

Que no se ha dado cuenta

que el hombre está desesperado

Ella está esperando que yo al fin le diga

que tal me parece su cuento

Ella es el papel donde se quedan mis palabras

Ella tiene fe por las dos,

otra vez va a jugárselas.



Yuliana Castelo Rodríguez

Guayaquil, domingo, 27 de junio, del 2010

Cuando al fin pueda bailarte


Una noche de estas
me voy a arreglar
Voy a ser la más guapa de la fiesta
Voy a disfrazarme de la chica que tú quieras
Y me pondré a bailar
con un muchacho
de piel de canela
que huela a mar, que sepa a tierra

Te vas a poner celoso
Porque yo voy a ser como ella
Voy a ser inalcanzable
Voy a ser peligrosa
Tú vas a ser como cualquiera
Y te vas a volver loco
vas a escuchar como mis pulseras revolotean

Yo voy a estar mirándote
Voy a aguantarme la pena
No hay otra forma de que te des cuenta
Voy a bailar las canciones que te canto
Cuando tú te das la vuelta
Cuando tú estás pensando en que no la encuentras

Me va a besar cuando suene
La canción con que la recuerdas
Te voy a estar besando a ti
Tú también sabes a tierra

Voy a parecerte la mujer más hermosa de la fiesta
Yo puedo disfrazarme de ella
¿Cómo es que no te das cuenta?

Te voy a decir al oído
que no tiene sentido que te emborraches
Vas a querer besarme
Y yo me voy a volver loca
imaginándome tus manos encima de ella
Va a estar matándome la pena
Va a estar matándome la pena

Una de estas noches
Me voy a arreglar
Voy a ser la chica que tú quieras
Y voy a estar esperándote
creyendo que al fin puedo bailarte
Tú puedes ver a través de mí
Y te vas a ir con ella
Vas a soñar con que es a mí a quien besas.


jueves, 27 de mayo de 2010

Nostalgia (I)


Él no está y tampoco yo
Él está cantando y yo estoy escribiendo
Él juega con la noche y una muchacha hermosa
yo miro por la ventana las luces y el abuelo en el patio
Él esta buscando mi arete debajo de su cama
yo estoy queriendo describir su olor
Él quiere ahogarse
y yo quiero nadar
ambos queremos flotar,
hacernos amigos de un camarón...
Él no está
y yo me voy,

miércoles, 26 de mayo de 2010

Mejor los veo de lejos


Crónica:

Jugar con uno menos

peloteo callejero


Me lo he prometido a mí misma: esta tarde voy a dejar de ver el fútbol desde mi balcón. Quiero jugar a la pelota con los chicos del barrio. Quiero hacer un gol y celebrarlo con un abrazo. Le he contado a un amigo mi idea y ha venido conmigo para deleitarse. Mientras vacía mi refrigerador, yo tomo “prestado” el uniforme oficial de peloteo de mi papá y los zapatos del colegio de mi hermano menor. Me recojo el pelo, me pongo una diadema para evitar despeinarme. Me veo muy chistosa, pues toda la ropa me queda grande. Salgo a la sala y mi pana se ríe. “Pareces un macho” me dice, mientras se come mi última manzana. Me pongo contenta, ése es el chiste.

Nos dirigimos a la cancha de indor-fútbol que está a la vuelta de mi casa. Apenas he salido de mi casa y ya soy toda nervios. Me arrepiento porque son las cuatro de la tarde y hace un sol espectacular que castiga. El chico de la casa de al frente casi suelta una carcajada al verme y su hermanito en cambio se asusta. Los vecinos, congregados en la cancha, desde lejos se dan cuenta de mi llegada y avisan. Algunos sonríen burlones, otros entusiastas. Tanta atención pone mal por un instante a mi compañero de aventuras, que me pregunta si no quiero regresar a casa. Pero ya estoy ahí frente a los muchachos, que todos los domingos admiro de lejos. Las rodillas me tiemblan, no puedo decirles nada. Pienso que me van a batraciar. Le tomo la mano a Luis Miguel y le pido apoyo moral.

“Muchachos, ella quiere jugar con ustedes”, les dice casi igual de nervioso, y me empuja hacia adelante.

Un chico rubio y bronceado se muestra atento: “Claro, claro, será un placer. La trataremos como a una princesa”. Un flaco que sale de la nada exclama: “La tratarás como princesa tú, porque yo no le voy a dar ventaja”. Otro más gracioso me pregunta: “¿Tenemos que dejarte tocar la pelota?”. El rubio me dice con señas que no les haga caso. Mi amigo, ahora muerto de la risa, les advierte: “Claro, la tienen que dejar jugar de verdad”.

El muchacho amable que me aceptó en su conjunto se presenta: “Aquí en la cancha me dicen El Gringo”, y me extiende la mano. Luego se acerca y me da una palmadita en la espalda. Entramos juntos a la cancha y me indica que toque el balón. ¡Estoy tan emocionada! Pero enseguida siento el peso de las miradas de los rivales y de los curiosos mientras hago el peloteo de calentamiento. Por ahí escucho las risas burlonas y uno que otro piropo de otros peloteros que han ido llegando, y a mi panita haciéndome barra. Los del equipo rival ni se inmutan, me miran de reojo; pero me parece que no es precisamente por mis habilidades con el balón.

El Gringo, que es el duro del barrio, ingresa a la cancha y, chifleando, llama a los jugadores. Empieza la charla de rigor: se pacta que el ganador sea el primero en meter dos goles. Ingenuamente pregunto quién va a pitar el partido. Todos se caracajean y un vecino que escucha de cerca me explica entre risas: “Aquí no hay albitro. No hay tiros de esquina, ni tarjetas amarillas. Están permitidas unas cuantas pataditas”. Los rivales se aprovechan de la bondad de mis compañeros de equipo y quieren apostar “de a lata”, cuando siempre se apuesta cincuenta centavos “por nuca”; o si es que no hay plata quedan en besos y abrazos. Después de debatir un rato (un tal Andresito exclama: “Oye loco, pero si es como jugar con uno menos”), los rivales nos conceden el saque y arranca el partido.

Carliño (en realidad se llama Carlos, pero a los que juegan bien les “acomodan” el nombre a lo brasilero) me pasa el balón y de inmediato me interceptan. Nos atacan de una. Un muchacho de dientes prominentes burla al primero y al segundo, pero El Gringo no le deja pasar la tercera, ¡ja! Noto que un muchacho de pelo largo y barba espesa me mira preocupado y enternecido. Él es de mi lote y me distraigo. Me sonríe y yo no lo miro, y me arrepiento. En eso la pelota pasa junto a mis pies, la recibe el chico de los dientes, centra y gol. Desde los balcones de las casas y las veredas los espectadores me miran y se lamentan.

¡Estoy pasando tanta vergüenza! Los rivales me hacen un baile a toda orquesta: me quitan el balón, lo retroceden, y a veces, desconsiderados, hasta hacen cascaritas. De vez en cuando, por dignidad, detengo remates con mucho esfuerzo, aunque se nota que no le están dando con todo. De repente no puedo creer lo que veo: estoy avanzando con la pelota, me he acercado al arco rival. ¡Ah, pero qué ha sido!, deliberadamente han aflojado. Casi puedo ver como se ríen y yo lo intento con todas mis fuerzas y remato: ¡Aaaah! ¡A las manos del arquero! “¡Uuuuh!” susurra el barrio.

Durante el partido escucho las carcajadas de los espectadores cuando fallo, y quiero llorar. Además el calor me llega hasta por la planta de los zapatos. Retrocedo dizque a proteger la zona, pero de inmediato siento que aquélla ha sido una mala elección: un desadaptado me lanza un balonazo. Mis nuevos panas enseguida lo increpan, uno lo insulta (yo lo insulto en mi cabeza), Carliño medio en broma lo amenaza: “Ya vas a ver más luego”. Por unos segundos me tiro al suelo haciendo berrinche. Escucho a Luis Miguel exclamar asustado desde afuera: “¡Uy, pobrecita Yuli!”. El chico de la barba y su amigo se acercan para ayudarme, pero de inmediato me levanto. Me preguntan si estoy bien y ni siquiera les contesto. ¡Nada que el de la chivita es de mi lote! ¡Estoy tan enojada!

El Gringo, que está picadísimo y parece que ya me quiere, me hace unas señas: les jura venganza. Y mientras yo estoy “robando pulmón” y rogándole a la Virgen para que se acabe el partido, él anota desde media cancha. Todos se abrazan. “¡Vamos equipo todavía! ¡Se viene abajo el estadio!”. Hemos recuperado el honor. El Gringo y yo también nos damos un abrazo de gol.

Enseguida, El Grillo da pase, devolución instantánea en pared, definición a lo crack, suave, colocado, engañando totalmente al arquero. Me quedo atontada, tanto que casi aplaudo. Los otros ganan el partido. Decepción en mi alma. Pienso que con estas cosas tan serias no se puede jugar así nomás. Nos sentamos en la vereda a mirar los siguientes cotejos. Mis compañeros no están enojados, pero me miran, se me ríen y me dan apoyo moral: “No estás tan mal, tienes que seguir practicando. Regresa el día de la madre” me dicen medio en serio, medio en broma, y yo también me río. Nuestro rival resulta campeón de la jornada.

Después de los besos y los abrazos El Flaco dice: “Ya hace hambre”. Todos concordamos con él, así que cruzamos a la tienda. El Gringo y Andresito piden media jaba de cerveza. Carliño, Javiriño y Sir Christopher Warrior (me dicen muertos de risa que él es toda una personalidad, y él consiente) piden panes y cola, “comida de campeones”. ¡Pues no faltaba más!, yo compro lo mismo. Mientras tanto los chicos me cuentan de la vez que una de sus amigas se dejó meter un gol de arco a arco. De pronto llega a la tienda una chica curvilínea de pelo largo y castaño que acapara toda su atención. Me siento un poco celosa. Ella se va y ellos se miran en silencio con un brillo en los ojos muy particular. Ya es de noche, así que los dejo para que puedan hablar a sus anchas de la pelada. Mi amigo y yo nos despedimos extendiéndoles la mano, pero ellos aprovechan y me dan besito. El Gringo me invita al peloteo del próximo domingo. “Para la revancha” dice. Yo acepto la invitación, aunque noto que los demás se arrepienten. Entonces agrego: “Vendré pero sólo para verlos”. Y todos se quedan contentos.

Yuliana Castelo Rodríguez

Guayaquil, jueves, 04 de marzo de 2010

martes, 1 de septiembre de 2009

Con lluvia y tiempo


Ella iba por las calles paseando su desasosiego y un montón de sonrisas cándidas y temblorosas. Beberse los siguientes días era la mejor idea que se le pasaba por la cabeza; pero no quería causarles más pesares a su novio y a su madre. Tal vez podría fumárselos cuando nadie se diera cuenta. Se restregó los ojos y miró el reloj rosado que nunca se sacaba de su muñeca. Se estaba haciendo de noche, parecía que iba a empezar a llover y ella allí, estorbándole a la gente, pensando puras incoherencias. Agustina aceleró el paso y en la siguiente esquina en vez de doblar hacia la derecha lo hizo hacia la izquierda.

Y tomó el bus de la línea 12 que no iba al centro si no al norte y se sentó en él único asiento junto a la ventana que quedaba. Iba distraía, haciéndose creer que nada había pasado, mirando las luces a través del vidrio, hasta que un muchacho con un uniforme de colegio se subió y mientras avanzaba, en un acto de inocencia se fijó en su escaso escote. Ella se sonrojó y volvió a mirar por la ventana. Se maldijo un par de veces porque ya no tenía diecisiete y su timidez y sus zapatos de tacones no le permitían volarle un beso al niño guapo.

Se bajó en la parada del centro comercial en el que estaban las tiendas más caras de la ciudad. Aunque quería, nunca había entrado a ninguna de esas tiendas porque la plata siempre sera para las entradas a conciertos y desde que empezó a salir con Leonardo también era para el futuro. Pero ahora que la habían despedido no tenía ganas de acordarse de esas cosas que en ese momento le parecían estupideces. Así que vació la cuenta de ahorros desde el cajero automático y cerró los ojos cuando tuvo entre sus dedos los billetes. Entró a la tienda soñada y se perdió entre de las perchas.

Salió rápido de éstas. Las blusas, a primera vista, parecían divinas pero estaban todas repetidas y no había ninguna de colores estridentes, todas eran grises y de tonos pasteles. No valía la pena el gasto porque ni siquiera la emoción había durado mucho. Se fue de la tienda desanimada diciéndole gracias a la guapa joven que la había perseguido durante su recorrido. Miró las demás tiendas para encontrar algo en lo que pudiera gastar poco dinero pero con mucho gusto. Un olor a el panquecitos la llamó; ya luego perdió la razón en los colores: amarillo, azul, verde y rojo que pintaban la heladería. Corrió, y sin siquiera pensarlo pidió una copa doble: de chocolate toda.

Se había embarrado hasta la falda, pero a decir verdad poco le importaba. Después de recorrer los tres pisos del mall una y otra vez dejándose deslumbrar por carteras de diseñadores y medias de colores pasó por una tienda de antigüedades y se fijó en sus ojos saltones y en su cabello alborotado. Miro su reloj rosado y este se había parado a las seis y media. Agustina pensó en las horas que había andado buscando juguetes y dulces como una niña chiquita; pero se rió. Antes de irse, pasó por la relojería y le hizo poner pilas nuevas a su reloj; agradeció el trabajo, pero como de costumbre no lo comprobó.

Todavía llovía y las calles estaban casi vacías; se acordó de su enamorado y de su mamá. Revisó el celular y no tenía llamadas perdidas. Se preocupó pero no llamó a ninguno de los dos. Tomó el bus de la línea 78 que la llevaría a casa. Otra vez se sentó en el asiento de la ventana para mirar los cuadros que formaban en los vidrios las gotas y las luces de los carros. Lo disfrutaba: no tuvo que fingir que no pasaba nada.

Cuando llegó su madre estaba despierta viendo Rosalinda, en el canal de las telenovelas. Agustina se acercó a ella para abrazarla y quiso contarle donde se había metido y el lío que hubo en la oficina. Pero su madre le dijo bajito, mientas le acariciaba su despeinada cabeza “no importa” y a los pocos segundos Agustina se quedó dormida.

A la mañana siguiente, casi a las once, a Agustina la despertó el aroma de los patacones y el huevo frito. Mientras desayunaba y le conversaba a su mamá acerca del muchacho que la había mirado en el bus llegó Leonardo con un par de discos viejos: la miró a los ojos e intentando poner cara de serio, le dijo:

- Ahí para que los vuelvas a escuchar, ahora que tienes tiempo.

Agustina se le rió; en seguida miró su reloj y este no estaba corriendo.