No matarás
de Carlos Dousdebés (1902-1958)
No matarás a nadie
y no matarás nada...
... Ya que el átomo es algo
y sus dos componentes
penúltimos al menos
son dos, como los seres que se aman,
que deben ser sólo uno
y cuando se separan
pueden causar el fin de todo un mundo,
pues no mates al átomo
para matar a nadie
ni para matar a nada...
«No matarás» nos dice
aquel gran Mandamiento,
no matarás a hierro
ni matarás de hambre
nunca jamás a nadie
por guardar lo superfluo...
No matarás al padre
ni a la mujer, ni al ave
que navega en el cielo...
No matarás de pena
tras de tus propias puertas
(clavando tus crueldades
mentales, intangibles)
al temeroso, al tierno,
ni a la que te amó mucho
y ahora te tiene odio
porque le infundes miedo...
No matarás los pájaros
-trinos de oro del día-
pero si tu crueldad
dicta prisión perpetua
-peor mal que la muerte
que después siempre llega-
es preferible que
pienses en este cuento:
Había unos cipreses
siempre verdes y esbeltos,
llenos de sol en julio
y de nieve en enero,
hasta que llegó a verlos
un fratricida de esos
que se disfraza a veces
de humilde jardinero
y a los hermanos árboles
los escogió, sabiendo
que estaban indefensos,
clavados por raíces
en el fragante suelo...
(Habrían preferido
ser echados al fuego
en vez de que su forma
natural, que ascendía
ondulante en el viento,
fuera cambiada toda
por aquel jardinero...)
Sin embargo, sus manos
podadoras, cortaron
esas ramas en vuelo
y ahora son sus formas
simplemente geométricas:
cuadriláteros, triángulos,
esferas, poliedros...
Pero, a mayor crueldad
llegaste, jardinero,
y hoy cortas los cipreses
y les das formas de águilas
que flotan en el viento,
alas siempre extendidas
en actitud perpetua
de emprender un gran vuelo...
No sabes lo que haces
hermano jardinero...
Los tienes sometidos
a martirio perpetuo.
Tú vives cometiendo
un fratricidio horrendo
con los hermanos árboles
del santo Poverello...
Has planeado cuidarlos
para tu amo terreno,
complacer sus miradas
sin premeditar esto...
Y, sin embargo, ellos,
los cipreses eternos,
los de julio y enero,
te siguen perdonando
dentro de su prisión
de águilas en vuelo
y te perdonarán
hasta la última hora
en que te alejes tú
y tu amo del huerto,
en donde ellos nacieron,
y ascienda por sus ramas
intactas, hacia el cielo,
toda esa sangre verde
que fecundan los soles
en su fragante suelo.
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miércoles, 22 de julio de 2009
lunes, 22 de junio de 2009
Jorge Boccanera
Él los recitó y las palabras se grabaron en mi memoria, y yo no tengo buena memoria.
Autoplagio
Latigazos de sombra desordenan tu cuerpo,
en la fotografía donde te estoy pensando,
y soy el extranjero que descubrió tu rostro
y se animó a escribirlo, que era como besarlo.
- El peluquero
Asentaba navajas en un listón de cuero,
porque era su trabajo arrancarle a los rostros sus
animales muertos.
Hacía barba y bigote para el espejo atestado de
gente.
Su navaja pulía aquélla superficie,
rasuraba los rostros del espejo y haciendo su
trabajo
afeitaba al espejo ?
Era más chico que un tarro de gomina Brancato
mi abuelo,
por una cabeza más alto que la muerte.
Invitaba al cliente sacudiendo una toalla
y el cliente ocupaba aquél sillón Dossetti de
madera
y entraba en el espejo.
El estilista hablaba solamente con su tijera
y cuando ella por fin tenía la lengua despegada hacia un lado
el decía: «servido».
Mi abuelo maquillaba al espejo con estrellas de
talco y usaba un pulcro saco blanco.
La muerte-que también es prolija- le envidiaba
su colección de peines.
Un día la muerte, que hojeaba una revista
deportiva, dijo: «me toca a mí».
Y ocupó aquél sillón, despatarrada y con un
remolino en la cabeza.
«Tiene un pelo difícil», dijo sin voz mi abuelo.
Después, la muerte asentó su navaja y haciendo
su trabajo, rasuraba al espejo ?
El peluquero se marchó bajo un cielo cualquiera
con estrellas de talco.
El espejo se pasó la mano por la cara afeitada,
suave, como un recién nacido.
La cuchara
Nace del verbo dar,
Como si el corazón tuviera mango.
Está hecha de lo que le falta, jamás
se guarda nada para sí.
Podría medir el mundo, acunarlo, transportar
su misterio, sus campanarios de agua de una orilla
a la otra.
Más humana que un perro.
Más a mano que Dios.
Ella
Viene despacio
entra
tropieza con mi tos
con mi costumbre de dejar la nuca
en cualquier parte
viene despacio
ordena mis silencios
desata las palabras necesarias
recibe la correspondencia de mis ojos
viene despacio
a tender sus manteles de ternura
viene despacio
apenas hecha humo para no despertarme
se abre paso entre vasos arrojados al día
retratos de mujeres
noches de bronca y noches de ginebra
viene despacio
con su enchape celeste subiéndose a mis mástiles
viene despacio
entra
se arrodilla al borde de mi alma
y junta los fragmentos de mi risa
después… se vuela azul como la tarde.
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